martes, 19 de febrero de 2013

momentazo #142: gritos desde ninguna parte



Everybody Knows This Is Nowhere ****1/2 (Neil Young, 1969)

Y Neil Young se tropezó con Crazy Horse. Y ya nada volvió a ser igual. Me lo imagino viendo a ese grupo de imberbes que se hacían llamar The Rockets en algún bareto de mala muerte mientras su mente daba forma al sonido del que sería su segundo álbum en solitario. Debió relamerse solo de imaginárselo. Y aún así sospecho que no alcanzaba a vislumbrar todo el potencial de lo que maquinaba porque cuando quedó plasmado en plástico, este sonido sucio pero en su sitio, flexible pero preciso debió impactarle. No me creería otra cosa. No, viendo cómo después de los años "Everybody Knows This Is Nowhere" sigue impresionando a todo el que se acerca. Son siete canciones como siete soles, hitos ya en la incipiente carrera del canadiense. No se guardó nada en la recámara. Todo erupcionó en este vómito expresivo donde encontramos rock contundente ("Cinnamon Girl", "Everybody Knows...") y de explosión lenta ("Down By the River", "Cowgirl in the Sand", "Running Dry") y folk preciosista ("Round & Round", "The Losing End"). Un catálogo de las mejores virtudes de este artistazo. Un disco mayúsculo en los primeros pasos de una discografía mayúscula. Un disco pensado para alcanzar la eternidad.

domingo, 17 de febrero de 2013

momentazo #141: los harapos de la gloria



Ragged Glory ****1/2 (Neil Young, 1990)

Cuando un artista es un mito en vida no hay forma de que el talento se agote. Puede quedar olvidado, enterrado en el polvo de una autocomplacencia casi inevitable, pero siempre va a estar ahí. El Neil Young de los 80 parecía perdido y totalmente hundido. Nada más lejos de la realidad. Ya en 1989 con el fantástico "Freedom" demostró que había comprendido que lo suyo era el rock voltaico y libérrimo. Y solo unos meses después refrendó la hazaña con un disco aún mejor. Ragged Glory es una nueva obra magistral, no sé si la última de una estirpe, un monumento al feedback y al acople entre delicias musicadas y orquestadas por la voz personal y entrañable del maestro.

A unos segundos de ser reivindicado por la camarilla grunge y noise el canadiense se saca de la manga un disco soberbio en el que todo suena afilado y crujiente. El disco que siempre habían esperado esos acólitos y que sorprendentemente aún no había hecho. Ragged Glory fuerza la máquina a base de canciones clásicas con vocación de perdurar. Melodías sencillas y conmovedoras sobre largas jams elásticas. Un magma eléctrico lo recorre de cabo a rabo sin dejar un segundo para la placidez acústica. Las melodías más dulces suenan sobrehumanas rodeadas de todo ese ramaje de energía. Así, no podemos más que deleitarnos con joyas de suavidad ruidosa y esputos secos de dureza adamantina. Para crearlas, Young se vale de la tradición. Mezcla con sabiduría su savia con restos de The Byrds, Don & Dewey o Bob Dylan y les inyecta esa electricidad borboteante para hacerlas suyas para siempre. Porque nadie lo puede hacer como él. Porque tiene una voz propia y una forma de hacer las cosas que solo puede redundar en cosas grandes. Algunas veces, tan gigantescas como este disco.

momentazo #140: música domesticada



Diamonds ***1/2 (Neil Diamond, 1971)

La etiqueta parece peyorativa, y en cierto modo lo es, pero no tanto como se podría esperar. Música domesticada, sí, por una voz autoritaria y fuerte. Un bramido grave y eterno el del señor Diamond. Una voz que domina a la orquesta y hace inofensivo cualquier intento de derribo. Así se ha movido siempre este cantautor ligero en apariencia y profundo en su fondo. Esta autoridad no sienta siempre igual de bien. "Suzanne", la versión de Leonard Cohen, sufre de esa dictadura férrea. Es normal, es una canción muy icónica que siempre va a respirar mejor envuelta en fragilidad. Tampoco me convencen los intentos enérgicos de "Chelsea Morning" (de Joni Mitchell) o "Crunchy Granola Suite". Vitaminas demasiado dulzonas para que me hagan efecto. Casi todo lo demás alcanza cotas muy altas. El cancionero de este disco clásico tiene mucho que agradecer al enorme Burt Bacharach del que parece que Diamond aprendió alguna que otra cosa. El bloque se impone y acaba produciendo una sensación de cohesión rotunda. Un disco importante, no me cabe duda, sobre todo dentro del canon de un autor importante. Como mínimo.

lunes, 11 de febrero de 2013

gigantes #32: caballo loco

Neil Young, canadiense de nacimiento, norteamericano de adopción, ciudadano del mundo que se ha ganado un hogar en el corazón de millones y millones de melómanos. Titán del azote social, guitarrista adictivo, compositor inigualable y maestro de la integridad artística llevada a su extremo. Sin duda un gigante entre gigantes, dueño de un cancionero impagable al que solo The Beatles, The Smiths o Bob Dylan pueden hablar de tú a tú.

En su adolescencia en Canadá se fogueó en un grupo de versiones hasta que a los 21 años se mudó a California. Allí fundó los seminales Buffalo Springfield junto a Stephen Stills. Fue el primer hito en una carrera envidiable. De ahí pasó a volar solo en 1968 para alternar esto con una breve estancia en Crosby, Stills & Nash en 1969. En estos años fue cuando empezó a definir su estilo a la guitarra eléctrica para lo que resultó esencial el apoyo de su banda de acompañamiento, Crazy Horse. Esta ha sido la banda más emblemática de las que le han acompañado en toda su carrera. Con este grupo ha editado un buen puñado de sus discos más importantes y es el que le ha permitido desarrollar sus habilidades como guitarrista y cantante.

Neil Young ha dominado como muy pocos en casi todos los palos de la música norteamericana. Ha compuesto joyas acústicas eternas a puñados con un estilo vocal aparentemente dulce pero muy profundo que empasta perfectamente con sus acordes parcos como la piedra. En el terreno más rockero ha sido el más grande, dotando a las raíces del folk de una electricidad cortante y volcánica merced a sus acordes guillotinados y sus solos en los que marea, pellizca, acaricia y acuchilla una nota o un par de ellas en busca del matiz oculto, del chillido y del llanto, de la risa y del ruido sanador.

En sus alrededor de 55 discos oficiales, Young ha escrito su novela norteamericana. Con entrega, compromiso por los que sufren, con pasión y con una integridad a prueba de bomba. Con la que surge de la seguridad de no dar un paso en falso. Y eso que discos malos, los ha tenido. Claro, como cualquiera. Pequeños resbalones que no hacen más que dar fe de su humanidad. Tan absoluta y tan pestilente que parece nuestro igual. Y no lo es. Lo sabemos demasiado bien.

(3) 5 básicos

After the Gold Rush ***** (1970)
El arrebato acústico de esta llamada del oro está en lo más alto de una discografía inescalable. Gemas templadas a fuego lento ("After the Gold Rush"), melodías imperecederas ("Tell Me Why") y algún desmán eléctrico irrefrenable ("Southern Man") en su primera obra maestra incontestable.

On the Beach ***** (1974)
Su visión del blues. Este es un disco triste hasta el escalofrío. La pérdida de Danny Whitten, guitarrista original de Crazy Horse marcó esta época del canadiense con obras taciturnas y de una profundidad abisal de grandísimo nivel también, como Harvest (1972) o Tonight's the Night (1975). Aún así, me quedo con este.

Zuma ***** (1975)
Variado, ecléctico y brillante, este disco supuso una nueva cumbre. Lo mismo podemos regocijarnos en el adhesivo casi pop de joyas como "Don't Cry" o "Lookin' For a Love" que caer en la hipnosis de ese rock solemne y eléctrico que implosiona en "Danger Bird" o ese tótem que es "Cortez the Killer".

Rust Never Sleeps ***** (1979)
Directo trucado con adiciones de estudio que está entre lo mejor de la historia de cualquier artista. Mi disco favorito de Young combina dos caras bien diferentes. La primera, acústica prepara el ritual. La segunda, desata la furia eléctrica en un vendaval increíble. El disco se abre y se cierra con sendas versiones de la misma canción. Un disco redondo desde el concepto. Apabullante.

Ragged Glory ****1/2 (1990)
Cuando casi todos lo daban por muerto, Young vuelve a convocar a Crazy Horse y aprovecha las loas recibidas por toda la camarilla grunge para armar la que de momento es su última obra maestra. Cierra bocas y abre otras para que gotee la babilla mientras por los altavoces se despliega una furia y una rabia subyugantes. Todo para envolver melodías de corte clásico que se valen de todo el minutaje que haga falta para crecer y reproducirse.


Una canción


Las dos caras de la misma moneda pueden resultar igual de interesantes. Elijo dos canciones que son una. Dos que se diferencian en lo básico y se hacen imprescindibles. Una abre la obra maestra del canadiense. La otra la cierra. Son dos hermanas gemelas con personalidad propia. "My, My, Hey Hey (Out of the Blue)" es la hermana reflexiva, tierna pero implacable, con un alma oscura y atormentada. "Hey, Hey, My My (Into the Black)" es la salvaje con corazón de oro, un exabrupto de ira sin contener que explota a la mínima pero de una pureza intensa y liberadora.



jueves, 7 de febrero de 2013

supertrax #96: home sweet home



Un Neil Young on fire estrena los 90 con un disco tan rotundo como la gema que lo abre. Ragged Glory se presenta al mundo con la gloria eléctrica de un alegato campestre y rudo vertebrado sobre el ruído y la furia más desaforada sobre la que cabalga una melodía de una sencillez inmortal. No es poco el colchón sobre el que Young retuerce su guitarra en un diálogo imposible contra el reloj y la impostura. Jamás siete minutos sonaron tan breves, tan justos y tan necesarios. "Country Home".

domingo, 3 de febrero de 2013

momentazo #139: cuando el soul se hace funk...



Still Bill **** (Bill Withers, 1972)

Still Bill puede ser el documento definitivo de Bill Withers. Una grabación que muestra al cantante repleto de soul y orgulloso de su negritud. En su segundo trabajo, Withers se presenta seguro de sí mismo, sólido, con las ideas tan claras y potentes como su voz. No se asusta ante nada y lo mismo deshace baladas de corte gospel ("Lean On Me") que ataca un funk infeccioso ("Lonely Town, Lonely Street", "Who Is He and What Is He to You?"). Nada parece arredrar a un artista en la cumbre que con este disco firma uno de esos momentos imprescindibles del pop negro. Vibrante y rotundo, "Still Bill" ha vencido al tiempo. Y no admite ni una sombra de duda al respecto.