jueves, 26 de septiembre de 2013

trick or trick? #43: el averno



Heaven and Hell (Black Sabbath, 1980)

Y llegó Ronnie James Dio y su versatilidad, su vozarrón y en fin, su heavy. Y el grupo se dejó arrastrar por otra forma de hacer, muy profesional, muy precisa, como de relojería suiza. Iommi digita aquí en los solos como nunca lo había hecho. Por velocidad y precisión. Todo esto está muy bien pero no es Black Sabbath. No como los habíamos conocido. Parece claro que tratar de encontrar restos del sonido que había hecho grande al grupo es una quimera. Eso se quedó en esa terna de discos inicial inolvidable y en algunos restos de los posteriores. Dio arrasa con todo. Demuestra ser una fuerza de la naturaleza a la que nuestros queridos y lúgubres amigos siguen sin dudar ni un instante. El grupo se adapta a sus modismos con una ceguera fanática. Si quedaba algo después del fiasco de "Sabotage" (1975), había desaparecido por completo. El blues gótico había muerto, ¡larga vida al metal!

lunes, 23 de septiembre de 2013

supertrax #109: estrellas de hielo



"Planet Caravan" de Black Sabbath, florece en Paranoid (1971) como una flor rara. Sangrando su sencillez, multiplicada por el eco, invoca fantasmas y conjura maldiciones. No es una canción enrevesada ni sobrecargada por los arreglos. Simplemente un riff de guitarra precioso que revolotea como un murciélago a la luz de la luna, unos bongos cálidos como no los ha habido en toda la discografía del grupo, un bajo gelatinoso y una voz frágil y espectral como de banshee extenuado que te transporta a otro tiempo. Una joya gaseosa.

jueves, 19 de septiembre de 2013

gigantes #37: anarquía de la anarquía


 
Black Flag se han revalorizado en los últimos años como una de las bandas fundamentales del rock norteamericano. Aunque calificarlos como titanes pueda parecer exagerado, no lo es en absoluto. No en vano se pueden colocar en el mismo panteón que monstruos como Sonic Youth, Hüsker Dü o R.E.M.. Con todos comparten ser agitadores directos y punta de lanza en la renovación del rock underground que se cocía en EE.UU. allá por los 80. Una época necesitada de la brutalidad coherente y el anarquismo desprejuiciado de estos padres fundadores del hardcore.

Formados en L.A. en 1976, el grupo toma el nombre de uno de los símbolos anarquistas, esa bandera negra que desafía y ofrece guerra sin cuartel. El grupo siempre ha girado en torno al guitarrista Greg Ginn, compositor, fuerza motriz y único miembro que se ha mantenido en todas las formaciones de la banda. Black Flag se caracterizó desde el principio por la inestabilidad de su formación, con cambios constantes que les llevaron a contar con tres cantantes diferentes en sus primeros años. Todo esto contribuyó a que no editaran un disco largo hasta 1981, cinco años después de su fundación.

En sus inicios, agitaron el underground con los berridos de Keith Morris, el cual se largó en 1979 para formar los Circle Jerks. A este le sucedió Ron Reyes, conocido como Chavo Pederast, el cual duraría apenas un año. Dez Cadena también duró poco porque su voz, aunque más que apropiada, no resistía y además prefirió centrarse en la guitarra. Así, en 1981 y para su debut en LP, llegó Henry Rollins, figura controvertida para los fans. Pocos lo tienen como su favorito de entre todos los vocalistas que tuvo el grupo, aunque siendo ecuánimes hay que reconocerle su enorme valor en el devenir del grupo. A pesar de sus conatos intelectualoides, su pelo largo casi heavy y sus tonterías, pocos dejarán de reconocer que su imponente figura y su entrega en el escenario catapultaron al grupo a otro nivel. Su apertura de miras en lo musical también contribuyó a que Ginn pudiera soltarse como compositor, desechar prejuicios y ralentizar las canciones mientras les inoculaba todas esas influencias que harían a la banda única. Los Sex Pistols y los Ramones tendrían que aprender a convivir con Black Sabbath. De los baterías del grupo ni hablo y en cuanto al bajo, Chuck Dukowski fue básico en el desarrollo de la banda, aunque habría que señalar también a Kira Roessler que en los dos años que estuvo (1983-85) dio un nuevo aire al grupo con su imagen y su estilo con el instrumento. Además, su entrada contribuyó a sellar la etapa más estable del grupo en cuanto a sus miembros.


Con nueve LPs y ocho EPs en solo diez años, Black Flag ayudó a desarrollar el hardcore y a la vez lo dinamitaron desde dentro con esos toques de jazz, metal y spoken word. Parecían un grupo del montón pero demostraron que después de ellos el punk nunca iba a ser igual.

3 básicos

Damaged ****1/2 (1981)
El primer LP. Un puñetazo sanguinolento como la portada con las guitarras de Ginn y Cadena echando chispas para un Rollins desbocado. Su disco más imprescindible aún avanza a 1000 por hora en una carrera frenética y sin frenos ni cambios de sentido. Aparentemente.

The First Four Years **** (1983)
Recopilatorio que recoge la primerísima etapa del grupo. La de los vocalistas que precedieron a Henry Rollins. Los tres se parecen bastante. No esperen grandes diferencias. Un disco imprescindible para conocer la evolución del grupo. Tampoco lo veo imprescindible si no te has iniciado en las "delicias" de estos punkarras.

My War **** (1984)
Greg Ginn parece darse cuenta de que la brutalidad hay que encontrarla en otros sitios. Y vaya si lo consigue. Se alía con unos Black Sabbath que sonaban en su furgoneta de gira a todas horas, ralentiza el ritmo hasta cotas irreconocibles, y exprime su guitarra para sacarle los jugos más ponzoñosos. El resultado, un disco rocoso y duro que ayudó a quitarse de encima un montón de fans que nunca habían entendido de qué iba esto.

Una canción
"Slip It In" (1984) del disco del mismo título. En este se estrenó Kira Roessler al bajo y esta apertura cuenta con la colaboración de Suzi Gardner de las L7. La tipa se lo monta con Rollins encima de un riff demoníaco de Greg Ginn. Los fluidos que este saca de sus rasgueos se mezclan con el porno duro de la interpretación vocal, un apareamiento impúdico como nunca se había visto. Si Gainsbourg y Birkin humedecieron entrepiernas con su "Je t'aime... Moi non plus", estos dos no se andan con sutilezas para redondear un momento brutal, pero brutal de verdad.

momentazo #170: los hijos de la tumba



Master of Reality (Black Sabbath, 1971)

Master of Reality, una nueva prueba de minimalismo, es un disco enorme en el panteón de los Sabbath. Perteneciente todavía a esa primerísima época en la que el grupo se enchufaba en el estudio y grababa todo un clásico en unas horas, el disco se beneficia de una falta de lustre total. La ausencia de pulimento o barniz deja en el tuétano unas canciones que parecen grabadas en una gruta minúscula y asfixiante. El sonido es absolutamente mate y la producción un fiasco en el que los graves te engullen y tapan todo lo demás. Sin embargo, es ese sonido angustioso sobre el que Ozzy canta con tanta devoción, el que te engancha para siempre.

Estos son los secretos de un disco de riffs pervesos y atronadores. Un momento histórico con un pie en el rock setentero más clásico y otro en un futuro metálico de infinitas ramificaciones. "Sweet Leaf" e "Into the Void" anuncian solitas lo que sería el stoner rock o el doom metal, mientras que "Children of the Grave" sería el santo grial para los futuros Iron Maiden o Judas Priest. También hay piezas reposadas que aún no suenan horteras sino que pueden incluso emocionar como "Orchid" o la estupenda "Solitude". Muchos deberían tomar nota. No hace falta nada más para hacer un buen disco. Uno de esos que apetezca ponerse de vez en cuando por ver si siguen en buena forma. Y sí, este se mantiene hecho un chaval.

lunes, 16 de septiembre de 2013

momentazo #169: guerra en las entrañas



My War (Black Flag, 1984)

En su segundo LP, Black Flag dan un giro radical al sujetar bien de la correa a su hardcore rabioso en un ejercicio de fuerza y sabiduría. Una reinvención que les valió insultos de una sección punkarra que no estaba dispuesta a asimilar canciones con solos por muy dadaístas que estos fueran, ni mucho menos a que les alargaran las canciones hasta rebasar los séis minutos.

Para oyentes de mente más abierta no hay duda de que estamos ante un discazo cargado de violencia y brutalidad capaz de revolverte las neuronas cuando en esa cara B se vuelve aún más arrastrado y escabroso. Como una versión actualizada de Black Sabbath, los de Greg Ginn demuestran que si no saben a dónde van, se dirigen allí con una vehemencia y una decisión a prueba de toda duda. Esto es el hardcore del futuro. Y en él cabían los Ramones y los Sex Pistols pero también Sun Ra y Ornette Coleman. El free rock más crudo y salvaje en un documento imprescindible.

martes, 10 de septiembre de 2013

la interzona #35: músicas del mundo por ordenador



Volta (Björk, 2007)

A estas alturas de la película no debe ser fácil estar en la piel de Björk. Pónganse en su lugar. La ninfa nórdica de la voz de plata que ha surcado mares helados de electrónica bombástica, pop naïf, cuerdas operísticas y a la que no le queda ya nada que descubrir. "Volta" es el disco del todoestáinventado, una muesca menor en su rosario de cuentas de nácar, una obra en la que quiere escapar de sí misma. Para ello trata de refugiarse en las colaboraciones de relumbrón que hagan destacar esto por encima de la mediocridad. Así pasean por el disco productores VIP como Timbaland, artistazos bigger than life como Antony Hegarty, y gurús de la world music como Toumani Diabaté o Min Xiao-Fen. Todas estas distracciones cumplen su función y hacen que el álbum destelle durante unos instantes. Lo justo antes de que volvamos a echar de menos cosas menos aparatosas. No es "Volta" un disco sencillo, no. En ninguno de los sentidos de la palabra. Entretiene y alegra el oído cansado por la aridez de "Medúlla" (2004), pero a la vez demuestra que debajo de todo el maquillaje hay un producto algo ramplón y falsamente intrigante.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

momentazo #168: el cisne helado



Vespertine (Björk, 2001)

Cristal y plata hilvanados en arabescos imposibles. Son los materiales y las tonalidades que pueblan la maravillosa portada de un disco construído a base de tintineos cristalinos y cuberterías argénteas. El término electrónica vaporosa cobra vida en esta obra, posiblemente la mejor de Björk desde "Post" (1995).

La sutileza del disco casa perfectamente con la voz de la islandesa. El cisne nórdico sujeta su gorjeo y lo dosifica como nunca en interpretaciones excelsas. Nunca antes su voz se había fundido con esta gracia sin necesidad de artificios ni histrionismos. La composición acompaña y los detalles instrumentales y de producción son una delicia para el oído atento. Entre múm y los glaciares de su tierra, Björk encuentra en la felicidad por su reciente relación con Matthew Barney la inspiración perfecta para crear un trabajo maduro y muy evocador.

El problema, si es que se le puede llamar así, es el bajón que observo y que tiene nombre y apellidos. Entre los temas 8 y 11 el disco no capta mi atención como debería. Será cosa mía pero es un problema que me impide calificarlo como me sugiere cuando empieza a girar. Aún así, el mejor disco de Björk en una, digamos, segunda etapa que necesitaba experimentos de esta levedad y belleza. Hermoso y diferente.

martes, 3 de septiembre de 2013

la interzona #34: pop lluvioso



Wonderful Life (Black, 1987)

Colin Vearncombe reventó en 1987 con este disco que, nadie sabe cómo, irrumpió en las listas y vendió el manso. Todo gracias a la canción que lo titula y lo abre con la grandiosidad de los acordes menores. El single es un clásico de esos que se han instalado en el inconsciente colectivo de varias generaciones. Lo que no deja de ser sorprendente al sopesar la ruda carga irónica de la canción.

Si Vearncombe no pasaba por su mejor momento emocional, este disco fue el que lo levantó. No sólo por las ventas, sino que también recibió buenas críticas. El tiempo no acaba de dañar este material, aunque a decir verdad nunca me pareció todo lo poderoso que lo pintaban. Black, curioso apelativo, trata de construir un templete siguiendo la sobriedad adulta de Bryan Ferry en "Avalon" (1982) pero sin llegar nunca a su profundidad ni a la respetabilidad incontestable de preciosidades como "Aja" (Steely Dann, 1977).

"Wonderful Life" es un bálsamo para tristezas saturado de esa melancolía que conjura la tierra mojada. El disco que el autor necesitaba se convirtió, como ocurre a veces, en el disco que el público deseaba aún sin saberlo. No es ni un hito en la historia de la música ni un disco menor. Cumple con el ABC de la composición, se abre y se cierra con dos piezas excepcionales y en medio deja más de un tema notable. Un álbum de hechuras nobles aunque sus materiales los tengamos más que vistos.