lunes, 28 de octubre de 2013

momentazo #172: libre e idolatrado



The Freewheelin' Bob Dylan (Bob Dylan, 1963)

El segundo disco, toda una prueba de valía, se salda con nota. Dylan, imparable, se erige de un plumazo como un cantautor fundamental ya desde estos primeros momentos.

Resultado de imagen de freewheelin'Este será para siempre el disco de "Blowin' in the Wind". Eso no puedo discutirlo ni yo, a pesar de que la canción haya sido utilizada para miles de campañas y cuestiones no siempre defendibles. Lo sorprendente es que no haya perdido su significado y su prístina belleza. Dicho esto, como se imaginan, hay muchísimo más aquí. "The Freewheellin'", en su concepción, era un lienzo inmaculado sobre el que el de Duluth iba a probar sus dotes como contador de historias. Y desde el principio se atisba claramente a un cantautor protestón pero para nada encasillado. Un poeta que sabe cantarle al (des)amor como nadie, que es dueño de un sentido del humor tan fino como perverso, un autor con mayúsculas que en joyas como "A Hard Rain's A-Gonna Fall" muestra un dominio y una sensibilidad sobrehumanas. Canciones como esta o la ya mencionada "Blowin'..." son las primeras culpables de que una generación lo abrazara como su portavoz, título que o no le gustaba o acabó cansándole.

Además de demostrar que era un creador sobresaliente, Dylan continúa aprendiendo y tomando buena nota de los clásicos del folk y el blues y saca petróleo de las progresiones más simples y cabezonas. Como en la espléndida "Masters of War", una denuncia tan seca y rencorosa que siempre va a doler y siempre va a tener vigencia. Otra cosa son esos talking blues solo aptos para iniciados. Ahí hay que pegar la oreja y fijarse bien en su jerga nasal para disfrutar de esas historias jocosas y locas. Cuando se consiga completaremos un disco extraordinario. Después llegarían las obras maestras pero este es el primer gran álbum de todo un mito.

lunes, 21 de octubre de 2013

momentazo #171: un sol naciente



A Bright New Name In Folk Music (a.k.a. Bob Dylan) (Bob Dylan, 1962)

Resultado de imagen de dylan first albumEl estreno de un genio, como suele suceder, tiene poco de genial y da pocas pistas de lo que estaba por venir. Lo que no quiere decir que Bob Dylan no impresionara y lo siga haciendo con este estreno de palo donde la crudeza de su interpretación te sacude como no lo haría después. Son trece canciones de las que solo compuso dos. El resto se mueve entre las adaptaciones de temas tradicionales y versiones de gente variopinta en esto del blues y el folk.

Dylan se destapa aquí como un intérprete genial y un compositor notable. El rajo, la convicción y el desgarro con el que se emplea tiene mucho de inocente. En discos posteriores aprendería a dosificarse pero aquí ataca a las canciones desde un clasicismo que se evaporaría solo unos meses después. El de Duluth escupe su juventud ante el micrófono con una insolencia que reclama tu atención desde el primer instante.

Este estreno es un disco de aprendizaje. Claramente. En él experimenta con algunas de las cosas que depuraría después. Cambia arreglos sin pudor, por muy canónicos que estos se considerasen e interpreta las versiones según otras que ya distaban de la original. Nada le limita a la hora de hacerse el traje que mejor le siente. Por eso este disco, aún no siendo una obra maestra, merece estar en su panteón de clásicos. Por la fiereza de "Highway 51", "Fixin' to Die" o "See That My Grave Is Kept Clean"; por el desgarro de "In My Time of Dying" o "House of the Risin' Sun"; por la sacudida jocosa y deliciosa de "You're No Good" o "Pretty Peggy-O"; y también por la muy influenciada "Song to Woody". La prueba más clara de que aún estaba observando y aprendiendo. Eso sí, a velocidad de vértigo.

viernes, 11 de octubre de 2013

gigantes #38: la tierra del cementerio

Black Sabbath ha amasado una reputación que cotiza bien tanto entre el fanatismo metalero como entre los gustos más exquisitos. No es que sea un plato para cualquier paladar pero siempre va a haber oidos desprejuiciados que van a apreciar su legado por encima del plastiquete que rodea su imagen de dioses del metal oscuro. Los Sabbath han sobrevivido al peso de su leyenda y a principios del siglo XXI son respetados por casi todos y adorados por un buen puñado.

Se forman en Birmingham en 1968 con un núcleo duro que iba a reinar durante más de diez años. Sin duda fue su mejor época y yo diría que la única que se puede defender ante la masa. En estos diez años (y no tanto los últimos) el grupo definió y refinó un sonido y una parafernalia que los iba a hacer eternos. Ozzy Osbourne a la voz, esa voz claramente escasa pero con un encanto indudable que muchos han tratado de imitar. Eso es fácil. Lo difícil era crearla de la nada con esa sencillez a la hora de cantar siguiendo el riff. Demasiado básico. Demasiado adictivo. Un sello propio que se incrementa con el señor del riff, Tony Iommi, guitarrista fino y pulcro que tras un accidente en el que perdió la punta de dos dedos tuvo que alterar su forma de acercarse al instrumento e incluso de afinarlo. Los resultados son más que patentes en trabajos de elegancia y oscuridad insondables en los que la pirotecnia se deja siempre al servicio de la canción. Contención. Esa sería la palabra que definiría también al fabuloso Geezer Butler, una bestia del bajo que con su sonido bulboso otorgó credibilidad a un grupo demasiado primitivo para la época. Primitivo como la violencia con la que Bill Ward aporreaba la batería. Una violencia no exenta de un virtuosismo perturbador e impactante.

Resultado de imagen de black sabbath logo transparentEste fue el cuarteto que marcó un antes y un después en el rock duro. Aunque pueda parecer mentira después de ver su influencia en grupos contemporáneos, Black Sabbath empezó como un canto al minimalismo. Los silencios y los ritmos morosos otorgaban un aire religioso a su música. Sus cambios de ritmo que truncaban la canción nunca han sido igualados en gusto o pericia. Black Sabbath siempre fueron unos visionarios que apostaron por la lentitud y las atmósferas por encima de todo. Puede que fuera por sus limitaciones, aunque viendo lo grandes músicos que eran se me antoja que había algo más. Una actitud vital y una atracción malsana hacia lo macabro y lo escabroso. Como Poe o Lovecraft.

Ozzy dejó la banda en 1979. Al parecer lo echaron por pasarse con las drogas. A partir de este punto se fueron sucediendo los cantantes en el grupo. El que más huella dejó en los seguidores fue Ronnie James Dio, aunque bajo mi punto de vista el portentoso cantante engulló el estilo originario del combo y los dirigió por vericuetos mucho más barrocos y creo que caducos. Tras él, el acabose. Ian Gillan (ex-Deep Purple), un desconocido David Donato o Glenn Hughes (ex-Trapeze), todos probaron la miel amarga de no poder suceder al señor Osbourne. El grupo parecía una caricatura de sí mismo. Bill Ward también fue sustituido en uno de estos cambios y Geezer Butler dejó la banda en 1984.

Tras algunos cambios más con los que el grupo se ha ido arrastrando por el tiempo sin poder nunca ni rozar la gloria del pasado, se produce una reunión en 2013 con la formación original salvo el batería Bill Ward. La cuestión económica pesa mucho siempre. Aún así se atisba un tenue brillo en la gruta por la sorprendente calidad del nuevo material. La producción de Rick Rubin también ayuda, todo hay que decirlo. ¿Será esta la digna despedida que el grupo merecía? ¿Un nuevo comienzo? Sin duda el tiempo pondrá las cosas en su sitio.

3 básicos

Black Sabbath **** (1970)
Toda una muestra de intenciones. El disco de la trinidad impía: Black Sabbath (canción, disco y grupo), muestra su insolencia con el canto lúgubre que lo abre y sigue apareándose de manera primitiva y bastarda con el blues. Por ello aquí todavía hay conexiones muy fuertes con coetáneos como Cream o Led Zeppelin. Están los riffs blueseros y los solos elásticos aunque es una psicodelia que busca el viaje a las simas del alma en lugar de la expansión mental hippy. ¡Y qué portada!

Paranoid ***** (1970)
Su obra maestra reúne todos sus tics, los amplifica y los eleva a categoría de manual de referencia. "War Pigs" es una epopeya antibelicista que avanza a empellones. "Paranoid" es protopunk sin refinar. "Planet Caravan", es un viaje a las estrellas con base casi jazz. "Iron Man", una narración futurista sin pretensiones. Y el resto es igual de bueno. No es fácil producir un clásico de este tamaño. ...And you got to believe me!

Master of Reality **** (1971)
El origen del metal moderno está aquí. Iron Maiden y toda la camarilla ochentera ha bebido de este disco. Kyuss y todo el stoner rock de los noventa en adelante han inhalado sus efluvios. El doom metal no sería nada si no hubiera existido este álbum. Muy imperfecto, con un sonido muy descompensado pero cada vez que lo pones se te queda ese olor rancio a tierra húmeda, esa sensación claustrofóbica de gruta profunda. Un disco con personalidad, no hay duda.

Una canción
Por su introducción solemne y negra, por sus trepidantes cambios y por la sensación succionante de su riff. Todo esto hace de "Into the Void" un vórtice giratorio al que es casi imposible resistirse. Al final acabas arrojándote al corazón mismo de sus preciosas tinieblas.


martes, 8 de octubre de 2013

la interzona #37: ¿es grave doctor?



Blur (Blur, 1997)

Aquí a Blur se les empieza a ir la olla y empiezan a probar cosas que no se les suponían. Y eso que todos sus discos han dejado entrever su espíritu de aventura, pero claro, nunca habían llegado a estos extremos. "Blur" se destapa como un disco ruidoso y arisco aunque sigue contando con la melodía prístina de siempre. "Beetlebum" es un single claro y rotundo y "Song 2" es lo más furiosamente divertido que hayan escrito nunca. Por mucho que se empeñen en menospreciarla. Ambas son la tarjeta de presentación del disco, los exitazos que siempre recordaremos.

También tiene pegas, y bastantes. Demasiada euforia, demasiada histeria, demasiado afán por explorar rugosidades que más de una vez se les van de las manos. Y es que no toda la experimentación aquí se salda con un "Country Salad Man", un "You're So Great" o un "Strange News From Another Star". También tenemos piezas muy menores o directamente insufribles. Elijan qué calificativo aplicar a "M.O.R.", "Chinese Bombs", "I'm Just a Killer for Your Love", "Moving On" y algunas que me dejo. Fardos grasientos que lastran un disco que iba de definitivo y no era siquiera de transición. Y aún así brilla a su modo, porque claro, después llegó "13" y todo lo que acabó con su destrucción. Nadie puede decir que no se veía venir.

martes, 1 de octubre de 2013

la interzona #36: dictando testamento



13 (Black Sabbath, 2013)

El disco del reencuentro sobrepasa fácilmente el leve poso de la nostalgia. Esto es algo más que un recordatorio de glorias pasadas. Ozzy, Iommi, Geezer... Solo falta el silvestre suicida de Ward pero el núcleo brilla en una unión poderosa que pocos esperábamos.

Este disco de los de Birmingham para el año 13 sorprende por varios flancos. En primer lugar es una recreación de un sonido, una música que sus seguidores no oíamos desde, como mínimo, "Sabbath Bloody Sabbath" (1973). Yo diría más y me atrevo a afirmar que han destilado lo mejor de sus tres primeros discos, la época más gloriosa del cuarteto. Esto nos lleva al segundo punto. Sí, las canciones suenan bastante a cosas ya escuchadas. "End of the Beginning" trata de maquillar un poco la aridez de "Black Sabbath" y "Zeitgeist" es un quiero-y-no-puedo-ser "Planet Caravan". Y sin embargo, suenan más que bien y no acaban de dejar sensación de déjà vu. En parte es por la pegada superlativa de esa producción de Rick Rubin, todo un maestro a la hora de captar la furia metálica. Y en parte también porque el combo se deja de tonterías y plantea las canciones en base a los tarareos planos de Ozzy sobre los brutales riffs de Iommi.

Black Sabbath parecen haber decidido tomar lo que es suyo. Si cientos de bandas llevan décadas saqueando su sonido, no podemos culparles porque traten de devolvernos parte de un pasado que si bien no pueden revivir, sí que pueden rememorar. No es pecado emplear tu estilo y volver a sacarnos la sonrisa con nuevos clásicos como "God Is Dead?" o "Damaged Soul". Riffs procesionales, electricidad sangrante... Black Sabbath, tan lejos de la perfección, han borrado cuarenta años de historia de un plumazo. Después de oir esto parece que nunca hayan existido ni "Heaven and Hell" (1980), ni Dio, ni Ian Gillan. Sin embargo, cuidado, no me gustaría exagerar. Esto es un buen disco, sin más. Ni glorioso ni putrefacto. Simplemente una despedida digna. Veremos si lo es o deciden intentarlo de nuevo. No sé qué sería mejor.