viernes, 1 de noviembre de 2013

momentazo #173: ni el polvo ni el tiempo te rozan



The Basement Tapes (Bob Dylan, 1975)

Como el humo del incienso y de otras cosas que me guardo, este disco se te cuela en la piel y en las venas. Como ese puñado de cosas auténticas y sencillas que hay en la vida, el compadreo, la complicidad y la inspiración simplemente se desbordan y te conquistan en estos surcos.

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Bob Dylan venía de sufrir el famoso accidente de moto que por oportuno mucha gente cree inventado. Después de "Blonde on Blonde" (1966), el artista parecía estar en un callejón sin salida asediado por sus adicciones y una crisis de identidad de caballo. El accidente mencionado le permitió alejarse de los focos y recluirse en la pequeña población de West Saugerties, NY. Allí, junto a sus compinches de The Band, grabó unas sesiones maratonianas que no parecían conducir a ningún sitio. Era el otoño de 1967 y al mismo tiempo Dylan estaba escribiendo y dando forma al que iba a ser su próximo disco. "John Wesley Harding" (1967) supuso una vuelta a las raíces folk y country del bardo, sin rastro de electricidad y con un corazón místico y religioso que anticipaba futuros movimientos. El disco fue alabado por todo el mundo aunque oyéndolo hoy el parentesco con estas cintas del sótano de la misma época es más bien lejano.

Los kilómetros de cinta que se usaron en la grabación de este "divertimento" fueron siempre objeto de deseo inflamando la imaginación y el ansia de los seguidores. Hay numerosos discos pirata que glosan en varios volúmenes el grueso de unas sesiones que eran conocidas desde su origen por todo dylanólogo que se preciara. El problema era el de siempre. El sonido paupérrimo en unas composiciones que sorprendían por su arrojo y su calidad. Hubo que esperar hasta 1975 para que Dylan diera el visto bueno a una selección de lo que se coció en Big Pink durante ese otoño ocho años antes. El resultado, "The Basement Tapes", es un documento esencial en la dilatada carrera del de Duluth. Este disco doble, que celebra la tradición norteamericana con desparpajo y rotundidad, se sitúa a la par de las cumbres más altas del risco dylaniano. Es un bocado apetitoso por ser único en su especie. Jamás se había oído ni se oiría a un Bob Dylan tan relajado. En estas canciones canta desde la profundidad de su ser con la tranquilidad de no tener nada que demostrar. Quizás porque no estaban pensadas para ser aireadas. Por eso a veces resulta un poco violento romper la privacidad de un momento que por suerte no se nos escamoteó sino que podemos presenciar en su grandeza.

Folk, country y rock fluyen con la naturalidad de un río guiado hacia el mar por la sabiduría y la pericia de una de las mejores bandas de acompañamiento que haya existido. El papel de The Band aquí es impresionante. Mis palabras jamás podrán hacerle justicia. Además Dylan, y esto no ha pasado casi nunca, se deja impregnar por la banda canadiense interpretando piezas de ellos o simplemente acompañándolos. Era lo que necesitaba. Diluirse en el grupo. Por eso este disco no parece suyo. Más bien parece que está colaborando en canciones ajenas. Delicioso cuando sabemos que no es así. Hay mil motivos para amar este disco. Yo tengo dos demoledores. El primero es que es único y queda rarísimo junto al resto de sus obras maestras. El segundo es que Tom Waits lo idolatra. Y todos sabemos que lo que diga Tom Waits va a misa.

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