viernes, 28 de febrero de 2014

supertrax #112: al vuelo

Entre colchones de ruido multicromático y melodía esponjosa avanza este "Sight of You" de Pale Saints. Desde la primera linea del shoegazing noventero, empatan con glorias como My Bloody Valentine o Ride jugando con esta canción preciosa y amenazante muy al estilo de Jesus & Mary Chain. El ruidismo elevado a la categoría de arte pop.

miércoles, 26 de febrero de 2014

gigantes #40: l'anarquia és un arma carregada de futur

Arrinconado en un lugar polvoriento. Condenado al olvido más cruel, así se encuentra hoy la memoria del que puede haber sido uno de los mejores artistas que hayamos tenido en nuestra piel de toro. Un artista que no entendía el arte como pasatiempo menor sino como un lienzo en el que pintar la vida. Un artista absoluto que se expresó como actor, como cantante y como recitador poético. En todas las disciplinas dejó su sello de calidad, un marchamo clásico y novedoso a la vez. Rompedor y radical como sus ideas y su vida.


Ovidi Montllor i Mengual nació en Alcoi en 1942 y murió en Barcelona en 1995. Debutó en el teatro en 1962 y con solo 24 años se mudó a Barcelona para continuar con su carrera teatral. Su carrera como cantante comenzó en 1968, aunque no editaría su primer álbum hasta 1972. En estos primeros años ya se hacía acompañar a la guitarra por el talentoso Toti Soler, no obstante la colaboración casi permanente por la que serán recordados ambos empezaría realmente en 1974 con el tercer disco del alicantino, A Alcoi. La carrera discográfica de Montllor se extiende hasta 1980, año en el que publicaría su emblemático 4.02.42, tal vez su obra cumbre. Después de esto, el cantautor fue condenado al olvido. Ninguna compañía mostraba interés en grabar sus discos y se centró en una carrera cinematográfica de la que siempre será recordado por Furtivos (José Luis Borau, 1975) o su breve pero curiosa participación en Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1989).

Ovidi Montllor se definía a sí mismo con precisión y socarronería en "La cançó del cansat". Siempre lo aireó a los cuatro vientos: de izquierdas, catalanista, sin dios ni amo. En las antípodas de otros artistas dóciles para el poder, maleables y que puedan utilizarse para los fines del que mande en cada momento. No disfrutó Montllor de réditos ni subvenciones. No encontraréis muchas calles a su nombre. Aún así, sí que es un artista querido por el pueblo. Su entrega interpretativa, esa voz tan especial, tan masculina y tan sólida que era capaz de entonar la melodía más hermosa y recitar con el aliento mortífero del veneno más letal, su forma en definitiva de meterse en los versos como si de su vida se tratara, lo hacen único. Una bestia tan indomable como entrañable. Esa extraña mezcla que tan poca gente sabe manejar porque no se puede aprender. Ovidi era como era, de verdad. Vestía de negro, decía cosas terriblemente oscuras, te hacía reír cuando menos lo esperabas... Lo piensas tranquilamente y entonces te das cuenta de su valor. Porque no hay muchos que sean capaces de hacer que dejes lo que estés haciendo para escuchar. Y con él no es posible resistirse.

3 básicos

A Alcoi **** (1974) Toti Soler es el nombre propio que a partir de este disco fundamental daría un nuevo rumbo a las canciones de Montllor. No solo lo apoyó de manera clave con la guitarra, dando con el sonido definitivo que iba como un guante a la voz y las historias del cantautor, sino que aportó ideas de composición y arreglos exquisitos. Ovidi por su parte a lo suyo. Canciones inmortales como "Homenatge a Teresa", versos de poetas excelsos como Vicent Andrés Estellés ("Els amants") y malditismo en joyas oscuras como ese impactante "De res". Un antes y un después.


...Diu Coral Romput **** (1979) Si hay que ejemplificar el poder del Ovidi "diciendo" la poesía, y hay que hacerlo sin duda, este es el mejor ejemplo. El extenuante disco doble donde plasma el intenso "Coral Romput" de Estellés. Condenados a encontrarse, cantautor y poeta se funden en un todo balsámico, poderoso y curativo desde el luto más estricto. Fúnebre y hermoso, palabra y música unidas para la eternidad.

4.02.42 ***** (1980) No sé si a posta o no, pero este disco significó la despedida discográfica de Montllor en vida. Es uno de los epitafios más hermosos que ningún autor haya tenido. La belleza melancólica es de una hermosura ultraterrena. "M'aclame a tu", "Balada del pas pel món", "Cues d'estels", "Tots esperant Ulisses"... Todas se clavan como un dardo en el alma. Y para cerrar, mi favorita, una de esas piezas terribles en las que Ovidi ajusta cuentas con la vida. "Baralla de la vida i jo" es una pelea en crescendo con coros operísticos breves y negrísimos y un Montllor desaforado que acaba anegado en un grito impúdico. Ese "¡¡¡putaaa!!!" escupe más veneno que mil serpientes y sella un disco que como la vida de su autor refulge durante un suspiro para fundir a negro para siempre.

Una canción

Se me ha visto el plumero. Me tiro por el lado más oscuro de este autor mayúsculo, esquivo la belleza cristalina que posee buena parte de su obra y me centro en su cruenta batalla con la vida. Una vida a la que siempre ha afirmado tener poco que agradecer. "Baralla de la vida i jo" puede sonar pesimista pero si escuchan con atención descubrirán más de un motivo para la felicidad. En el foso se relativiza todo, ¿no?


domingo, 23 de febrero de 2014

tótem #70: el abismo del ruido


 Título: Metal Box
Artista: P.i.L.
Año: 1979
Productor: Public Image Ltd.
Sello: Virgin (UK)/Warner Bros. (USA)

John Lydon enterró a los Sex Pistols para florecer en plenitud. Todas sus obsesiones, mucho más refinadas de lo que la gente creía, las volcó en este proyecto personal de una brutalidad (anti)artística innegociable. Public Image Ltd. publicaron un debut acerado y agresivo pero que suena casi infantil al lado de su continuación. El segundo de P.i.L. iba a ser difícil desde su mismo formato. Nada menos que tres vinilos de 45 rpm embutidos en una lata de las que se usaban para almacenar las películas. Un triple EP que era pura confrontación. El oyente, no solo tenía que pelear con la cajita para que los discos no sufrieran daño, labor casi imposible, sino que cada diez minutos debía cambiar de cara. No parece la manera más cómoda de disfrutar la música, aunque me da a mí que de eso se trataba, porque 'Metal Music' puede ser muchas cosas pero nunca un disco cómodo. Para nada.
Comparable a tragarse un alambre de espino oxidado, este disco supone una experiencia tan dolorosa como indeleble en su impacto. Su escucha atenta desgarra un surco profundo en la experiencia de cualquier oyente. Lo que más llama la atención sería la majestuosidad glacial de "Albatross", el pop vidrioso y bizarro de "Memories", la solemnidad casi gaseosa de "Radio 4" y la experimentación subyacente en todos y cada uno de los temas. No es punk, no es gótico ni reggae y, a la vez es todo eso ampliado y llevado dos pasos más allá desde una óptica fría e implacable. El bajo de Jah Wobble latiendo desde las profundidades, esa guitarra punzando la médula espinal y la voz de John Lydon como un mantra impío, hipnótica y demente. La atracción hacia lo escabroso. Ese hermoso y terrorífico balanceo sobre el abismo.

Curiosidades
 
- Aunque parezca imposible, el disco entró en las listas de más vendidos del Reino Unido. Estuvo nada menos que 8 semanas y alcanzó un utópico puesto nº 18. De cuando la música era algo importante para la vida de la gente.

- El disco ha recibido multitud de homenajes. Algunos fijándose en su peculiar formato. Sin ir más lejos, una banda heredera de este sonido como los Big Black de Steve Albini editaron algunas copias de Bulldozer (1983) en cajas metálicas similares.

- El sonido alienígena del disco viene de una mezcla muy especial. Por un lado la voz críptica y monocorde de Lydon, escupiendo letanías imposibles. Por otro el definitivo y profundo sonido de Jah Wobble al bajo, de clara inspiración dub. La batería la tocaba prácticamente el que pasaba por ahí, y no se le acredita a nadie en los créditos. Y por último, lo más impactante, la guitarra de Keith Levene, con ese sonido metálico nunca escuchado anteriormente, salido de sus guitarras Veleno hechas completamente de aluminio. Combinación irrepetible.

martes, 18 de febrero de 2014

momentazo #182: escribir lo que no se debe escribir



Ovidi Montllor diu Coral Romput (Ovidi Montllor, 1979)

El Ovidi y el Vicent. El Vicent y el Ovidi. El diálogo imposible e inevitable. "Coral Romput", la obra fúnebre y eterna del poeta de Burjassot, se hace carne en la boca del mejor intérprete posible. Un disco tan increíble como duro, tan curativo como castigador.

Montllor se abre en canal en una orgía interpretativa que supone la culminación de sus salvajes dotes actorales. Toti Soler pone la música sobre la que untar los versos ominosos de Estellés. El largo poema del valenciano fue inspirado por la muerte de su hija de cuatro meses, un suceso terrible que tiñe de luto cada verso y cada inflexión. Montllor se aplica con el respeto debido y se dosifica susurrando las palabras, soltándolas en erupciones brutales, viviendo cada sílaba como sólo él ha sabido hacerlo. Como Serrat con Machado o Paco Ibáñez con tantos otros, el de Alcoi moldea unos versos que si sobre el papel dejan huella, en su voz toman su forma definitiva. Una forma en continuo movimiento. Volátil como el aire o sólida como una roca, según el fragmento.

"Coral Romput" supone una cima en la obra del cantautor. Es la demostración palpable de que se puede ser serio y grave sin caer en lo ampuloso o lo recargado. No hay que ser un visionario para detectar que la obra de Montllor se construye sobre la verdad. No hay artificio en su carrera musical, eso está claro. Y este disco doble, largo y negro como la noche de los tiempos, es la rúbrica que necesitaba un cantautor que nunca fue valorado como merecía. Ovidi no canta, recita, paladea y vomita. Lo que mejor se le ha dado siempre nos recuerda que artista y poema estaban condenados a encontrarse. Y colisionan enamorados mutuamente de su pesimismo, ese misterio de ver la vida tal y como se presenta. Como un empellón brutal. Como el hedor de una flor en su forma más terrible.

viernes, 7 de febrero de 2014

momentazo #181: homenaje al vampiro



Songs for Drella (Lou Reed & John Cale, 1990)

Cualquier sombra de duda acerca de la validez/valía del proyecto se desvanece en cuanto Lou Reed abre la boca para acompañar al piano sencillo y juguetón de "Smalltown". El pensamiento que emerge es: "Esto va a ser grande". Y al llegar al final con ese tan sentido como poco afectado "goodbye Andy" vemos corroborada esa idea.

Sin caer en lo pasteloso ni lo llorón, el dúo aparca su enemistad por un instante para enfrentarse al legado del poeta pop, el mago de la paleta y la serigrafía. Atacan desde todos los frentes para plasmar el pensamiento de Warhol, el no-pensamiento, la frivolidad, sus ideas estéticas, su relación con la Velvet Underground, su democratización absoluta del estrellato, o su visión del arte como trabajo duro y concienzudo. Y lo hacen desde el conocimiento cercano de unos parámetros que, aunque son bien conocidos por el público, son tratados desde la perspectiva propia del que los ha vivido en primera persona. Por eso no son gratuitos y por eso hay que prestarle toda la atención a esta pareja. Además, en lo que puede verse como la continuación imposible de una colaboración que murió en "White Light / White Heat" (68), retoman postulados velvetianos. Está claro que la evolución de ambos en solitario supuso un paréntesis irrenunciable que les ha dejado unas secuelas claras que se exponen en la obra. De todas formas hechos tan palpables como la instrumentación esquelética y el hecho de que no suene ni una batería en el disco son claros posicionamientos artísticos y estéticos con los que quieren decirnos algo.

Lo mismo que nos quieren decir con esa "anti-poesía" que emplean en las letras tan vacía de imágenes volátiles como llena de anti-metáforas. Un discurso seco, directo, cotidiano. Un "lo que digo es una cita directa de lo que quiero decir". Muy Warhol si se quiere, pero también muy Cale, muy Reed. La serenidad musical tampoco quiere decir que no haya momentos ariscos, que los hay. Ya sea con placidez lo-fi o con guitarras atronadoras, nos van desgranando en un mano a mano memorable la historia personal de Andy Warhol, desde su huída de su "pequeño" Pitsburgh natal hasta su muerte, pasando por sus pinturas y películas, el intento de asesinato que sufrió y su subsiguiente afirmación en el deseo de vivir una vida sin miedo.

Pocas obras supuestamente biográficas han logrado transmitir tanto del homenajeado como este disco que en su vientre acoge un precioso trozo de la personalidad de un personaje que puede ser tomado por genio, loco, incomprendido, naif o adelantado a su tiempo... En cualquier caso, un medio para comprender mejor a Andy Warhol y a todos los que lo amaron... Y comprender que el nudo en la garganta que te deja el "goodbye Andy" del final tiene un motivo. Como también debe tenerlo la dulce ironía de Cale en "Dream", compuesta por fragmentos de los diarios de Drella en los que suelta perlas como "sabes que odio a Lou/ se casó y no me invitó". Muy bueno John y muy bueno Lou...