martes, 18 de febrero de 2014

momentazo #182: escribir lo que no se debe escribir



Ovidi Montllor diu Coral Romput (Ovidi Montllor, 1979)

El Ovidi y el Vicent. El Vicent y el Ovidi. El diálogo imposible e inevitable. "Coral Romput", la obra fúnebre y eterna del poeta de Burjassot, se hace carne en la boca del mejor intérprete posible. Un disco tan increíble como duro, tan curativo como castigador.

Montllor se abre en canal en una orgía interpretativa que supone la culminación de sus salvajes dotes actorales. Toti Soler pone la música sobre la que untar los versos ominosos de Estellés. El largo poema del valenciano fue inspirado por la muerte de su hija de cuatro meses, un suceso terrible que tiñe de luto cada verso y cada inflexión. Montllor se aplica con el respeto debido y se dosifica susurrando las palabras, soltándolas en erupciones brutales, viviendo cada sílaba como sólo él ha sabido hacerlo. Como Serrat con Machado o Paco Ibáñez con tantos otros, el de Alcoi moldea unos versos que si sobre el papel dejan huella, en su voz toman su forma definitiva. Una forma en continuo movimiento. Volátil como el aire o sólida como una roca, según el fragmento.

"Coral Romput" supone una cima en la obra del cantautor. Es la demostración palpable de que se puede ser serio y grave sin caer en lo ampuloso o lo recargado. No hay que ser un visionario para detectar que la obra de Montllor se construye sobre la verdad. No hay artificio en su carrera musical, eso está claro. Y este disco doble, largo y negro como la noche de los tiempos, es la rúbrica que necesitaba un cantautor que nunca fue valorado como merecía. Ovidi no canta, recita, paladea y vomita. Lo que mejor se le ha dado siempre nos recuerda que artista y poema estaban condenados a encontrarse. Y colisionan enamorados mutuamente de su pesimismo, ese misterio de ver la vida tal y como se presenta. Como un empellón brutal. Como el hedor de una flor en su forma más terrible.

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