martes, 1 de abril de 2014

momentazo #185: el humeante perfume de enero



Aguaplano (Paolo Conte, 1987)

Con la maldición de los discos dobles, sí, ganaría con menos minutaje. Y aún así se antoja imposible mejorar esta maravilla atemporal que nos traslada a otra época. Tiempos en los que el cine se hacía en blanco y negro y los buenos fumaban con la irresistible pose de duros que volvía locas a las chicas. Pianos en bares, acordeones de arrabal y actitud canalla a raudales. Una obra ejecutada con descaro y sentimiento infinitos que se te mete bajo la piel como un tatuaje. Perfecto, maestro. La verdad es que mejor lo dejamos enterito. Dejémosle su arrabal, lo chulo, lo delicado y los arañazos. No se debe limpiar la contaminación que ha formado una obra definitiva en el canon del italiano.


En "Aguaplano" Conte se muestra más decidido que nunca. En su dicción, en sus palabras y en unos arreglos antológicos que hinchan el disco en el tiempo y el espacio. Suena como una banda sonora sin película, un lamento huérfano de dolor, un grito primario y templado. Los ingredientes, los de siempre y alguno más, ampliados y especiados con mimo. Hay jazz y también tango, canción europea y ese terruño que siempre late intenso en el corazón del avvocato. Todo mezclado pero no agitado. Con mesura y sin embargo sin limitaciones. Puede ser su mejor disco. Lo que es seguro es que esto es un punto y aparte en su discografía. Una obra profusa y profunda, inimitable. De las que no se terminan nunca.

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