lunes, 6 de julio de 2015

la interzona #50: la sagrada y aburrida hora del té



Tea for the Tillerman (Cat Stevens, 1970)

¿Es "Tea for the Tillerman" un disco ñoño que engaña con sus falsos mimbres de grandeza? ¿Es una maravilla de la armonía y lo sublime que lleva al oyente al éxtasis? Complicada disquisición para un clásico indudable que a mí me parece una joya más vistosa que auténtica.

La apertura, lo admito, me deja ojiplático. La melodía de "Where Do the Children Play" es de una honestidad, de una brillantez que apabulla. ¿Y después? Pues poco más ya. Es extinguirse y empezar el fragor de la monotonía. De unas tonadas que se aprecian bellas y casi a la primera, cierto, pero que no llegan a masajear tu cerebro como ese comienzo, ese paraíso perdido que solo dejará un eco en la también gloriosa "Father and Son". El resto, seamos justos, es bueno, es elegante, es delicado, pero no, no destaca entre nuestras toneladas de vinilos y CDs. No nos maravilla, y ya no estamos para perder el tiempo.

El cuarto disco de Stevens es, me temo, quincalla folk que destella y atrae, pero que no soporta el análisis del joyero. Lo mejor de él es que puede contener los temas más famosos y aclamados del artista. No sé si los mejores. Para eso habría que sumergirse en una discografía que no me apetece explorar. Aún así me alegro de tener el disco. No es una pérdida de tiempo. En cierta forma, desde una perspectiva algo obtusa, incluso recomiendo su escucha como algo imprescindible en nuestros días. No es una mala excusa para hacer un alto en la vorágine de estos tiempos salvajes. ¿Es o no es mucho? Cada uno verá.


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