lunes, 31 de agosto de 2015

la interzona #56: ¿es esto amor?



Is This Desire? (PJ Harvey, 1998)

Brumoso y pintado a brochazos, este quinto disco se antoja un asunto problemático en su discografía. PJ Harvey abandona la truculencia o al menos la relativiza abandonando los pedales de distorsión. Lo más parecido al rock abrasivo de sus inicios lo encontramos en la rítmica "A Perfect Day Elise", la retorcida "Joy" o la vibrante "No Girl So Sweet". Lo demás vaga por páramos inhóspitos de una belleza apenas insinuada.

Tampoco es que sea una sorpresa absoluta si prestamos atención al disco precedente. "To Bring You My Love" (1995) anunciaba cambios notables pero "Is This Desire?" los materializa de una manera brutal. Demasiado brutal, quizás. No parece que Polly quedara totalmente satisfecha con un producto al que niega cualquier posibilidad de continuación. Este disco se consume en su autarquía, sin descendencia, revolcándose desgarrado en su propia esterilidad.

Un trabajo que, no obstante, tiene su valor en piezas de un lirismo romántico y arrebatador como "Angelene" o "The River". Enamorarse de ellas es sencillamente inevitable. Otra cosa es enfrentarse a los momentos más densos y electrónicos, experimentos que consiguen que te pares a escuchar pero que en el fondo son fallidos. Los años así lo dicen, pero es cierto que vuelvo al disco una y otra vez. Fue el primero que escuché de PJ Harvey, el que me introdujo en su deliciosa obra. Llámenlo cariño o llámenlo tozudez. No sé si es bueno, pero tiene algo poderoso. Creo que lo llaman misterio.

viernes, 28 de agosto de 2015

momentazo #238: el pozo está seco



Dry (PJ Harvey, 1992)

"So fruit flower myself inside out
I'm happy and bleeding for you
Fruit flower myself inside out
I'm tired and I'm bleeding for you"


PJ Harvey se enfrenta a su debut en solitario con las ideas clarísimas. Consciente de la dificultad de ofrecer algo nuevo en esto del rock, se atrinchera tras sus hormonas para emplear su feminidad como arma arrojadiza y pintar el mismo cuadro con unos colores totalmente nuevos. Digo "feminidad" y no "feminismo". Polly Jean no parte de una posición de desventaja ni reivindica nada, sino que aplica su visión al mismo rock masculino que domina el panorama. Nirvana, las riot grrrls y el rock alternativo resuenan aquí con fuerza pero no son el único ingrediente. El blues y el desgarro ya se anuncian incipiente pero firmemente como dos poderosas fuentes para la inspiración de la de Dorset.


Con las ganas al máximo, le puede el ansia y se le cuela algún elemento discordante. Canciones de la pegada y la calidad de "Oh My Lover", "O Stella", "Dress", "Sheela-Na-Gig", "Joe" o "Water" se codean con medianías perdonables pero gozosas que no dejan de ser fruto de una bisoñez que corregiría inmediatamente. Este es el debut desprejuiciado y sorprendente de una de las voces más rotundas de los noventa a esta parte. Ya habría tiempo para las obras maestras. Aquí la pretensión es simplemente noquearte en el primer asalto. Y lo consigue.


momentazo #237: vamos jugando a la playa



Surfer Rosa (Pixies, 1988)

Después de un EP volcánico y apasionante llega el puñetazo en la mesa de un grupo llamado a ser mítico. Con unas ideas enraizadas en la independencia más feroz, estos bostonianos llegaron para quedarse con estas catorce canciones. El disco de la gitana se hizo legendario nada más salir. Su portada ya grita una provocación inmediata. Y sus sonidos, hijos bastardos del punk y del pop más irreverente y original en que pensarse pueda, crearon escuela.

Se puede decir que a finales de los ochenta los Pixies estallaron como una supernova desde su formación y no dejaron títere con cabeza. Nada extraño si nos ponemos este disco. Y es que puede que se nos haya olvidado cómo flipábamos con la dicción del que todavía se hacía llamar Black Francis, con esa base rítmica cardíaca y virulenta y con los chispazos más imaginativos que salían de esa máquina de fuegos artificiales que era la guitarra de Joey Santiago. Puede que ya veamos lejos la media sonrisa socarrona que nos sacaban con ese chapurreo en castellano roto, con esas letras que no sabíamos si llamaban a las armas o qué coño pretendían. Hoy sabemos que nada pero que no se nos olvide que eso nunca nos importó.

Pixies, ese grupazo. Cuatro discazos largos y se acabó. Este era el primero y uno de mis dos favoritos. Puede que todo lo que se armó con ellos se nos haya olvidado un poco y que no volvamos a sentirlos como la primera vez. Pero cada vez que pongamos este disco podremos desempolvar el recuerdo. Y en algunos casos la nostalgia llena muchísimo. Aunque ya no sea lo mismo.


jueves, 27 de agosto de 2015

momentazo #236: acidez, deliciosa acidez



The Early Singles (Pink Floyd, 1992)

Sacar este recopilatorio en medio de los fastos engolados de "Delicate Sound of Thunder" (1988) y "The Division Bell" (1994) me parece de lo más necesario. Para que nunca se olvide que el nombre de Pink Floyd, que ha acabado agenciándose David Gilmour, es como poco multifacetado. Aquí se recogen los primeros singles del grupo, todos, excepto "The Scarecrow", no incluidos en ningún LP de la banda. En orden cronológico podemos disfrutar de algunos de los escasos y gloriosos momentos grabados del grupo con Syd Barrett, entre ellos la maravillosa "See Emily Play".

Estos singles fueron grabados y publicados entre 1967 y 1968. Los primeros 5 temas de esta colección fueron compuestos por Barrett. "Apples and Oranges" fue la última canción que compuso para Pink Floyd y "Paintbox" la última que grabó con ellos. Estos seis temas me parecen los más interesantes junto al espléndido cierre con "Careful With That Axe Eugene" y "Julia Dream". Son las muestras más frescas del pop psicodélico y electrificado que bullía en la banda en estos orígenes. Parecen tener un mismo cordón umbilical, un algo que los conecta y los hace funcionar juntos a pesar de estar pensados como singles y no como LP. Otro ejemplo más de lo sobrevalorado que está el "concepto" como vertebrador de cualquier obra.

En su conjunto, estos diez temas logran formar un todo coherente y terriblemente atractivo. Muchísimo más emocionante que lo que Pink Floyd llevaban haciendo durante años o incluso décadas. Incluso los temas sin Barrett se infectan de su bendita locura y conforman una obra notable que no podemos olvidar que está hecha a la fuerza. Por ello no disfruta del prestigio que quizás merecería. Una obra que el seguidor del grupo que viniera degustando sus últimas "delicatessen" no podrá entender. Menuda aberración escuchar esto tras la versión en directo de "Comfortably Numb" que incendia su disco anterior. ¡Y qué necesario para tener el cuadro completo!


martes, 25 de agosto de 2015

trick or trick? #57: pesadilla de posguerra



The Final Cut (Pink Floyd, 1983)

Es demasiado fácil establecer la línea roja en "The Wall" (1979). La línea a partir de la cual no hay nada que llevarse a la boca en la discografía de Pink Floyd. Ciertamente es demasiado fácil ver su continuación, "The Final Cut", como un disco muy menor y como el primero de su imparable caída. Lo suyo sería valorarlo como una obra otoñal y sincera en la que Roger Waters homenajea a las víctimas de la guerra, con las Malvinas como telón de fondo. Habría que tener el valor suficiente para reconocer el mérito artístico que supone desarrollar un concepto tan ambicioso.

Y parece que una vez más, tratar de encontrar maravilla entre la mediocridad, es imposible. Deberíamos ser capaces de ver algo hermoso, aunque como suele suceder, la canción se supedite al concepto. Podríamos ser benevolentes y apreciar el esfuerzo de Waters, no como un liderazgo dictatorial e insensible, sino como una guía sabia y juiciosa. Que esto sea la resaca de la borrachera de ego que el bajista se pilló con el disco anterior no debería sino parecernos una minucia. Y aunque los resultados estén más que a la vista, deberíamos dedicar nuestro valioso tiempo a estos balbuceos melindrosos en piezas que pretenden ser importantes y son tan insulsas que acaban con la paciencia de un santo. Aquí todo lo escribe Waters, casi todo lo canta él y Richard Wright no está. Vayan haciendo sus cuentas.

El duodécimo disco de Pink Floyd es el menos Pink Floyd de todos. Y eso, que podría ser algo bueno, acaba siendo una losa imposible de levantar. Después de este, Roger Waters, miembro fundador, abandonaría el grupo con la consiguiente batalla legal por el nombre y el mando en manos de David Gilmour. Motivos de peso para replantearse el interés por el grupo. Reconozcámoslo, nos encanta morder y hacer sangre y detectamos al instante cualquier síntoma de debilidad. Sí, "The Final Cut" lo pone fácil. Demasiado fácil.


lunes, 24 de agosto de 2015

momentazo #235: miel envenenada



Come on Pilgrim (Pixies, 1987)

Los Pixies se estrenaron a lo grande. Con un EP que se consume en un decir jesús y que ya da muestras de su poder infinito. "Come on Pilgrim" es una conflagración de guitarras agresivas y melodías pegajosas. Aquí las canciones colean y se te escurren de las manos como anguilas eléctricas. El calambrazo te deja en shock y no te da tiempo a recuperarte antes de que se agoten estos ocho temazos que rezuman frescor y un alud de ideas nuevas por desarrollar en una carrera fulgurante y única.

Fue el primero y supieron hacerlo de lujo. Portada misteriosa y turbadora con ese hombre-mono, letras y títulos herméticos y esa forma de cantar de Black Francis, como no habíamos oído jamás. Lo tenían todo y ya desde el principio se ve que eran muy conscientes de ello. Eran dueños del feedback porque sabían cómo divertirse con él. Un secreto que nadie ha logrado arrebatarles.


domingo, 23 de agosto de 2015

trick or trick? #56: animalico de pacotilla



Animal Serenade (Lou Reed, 2004)

Lou Reed nos invita al bostezo en una serenata que no acaba de ser tal. Nuestro ínclito amigo hace honor a su fama y rompe la baraja en todos los aspectos. El problema es que no siempre consigue que esa iconoclastia funcione.

El disco hay que reconocer que en su mayor parte mantiene un tono reposado acorde con el título. No obstante, y gracias a los astros, la banda nos obsequia con alguna eyaculación ampérica por aquí, algún desgarro de chelo por allá, lo que hace la travesía menos ardua. En su enésimo directo, el neoyorquino demuestra que, si bien está en buena forma, su obsesión por hacer siempre lo que le sale de la entrepierna puede cansar un poquito.

Para empezar, por encima de la valía de unas interpretaciones erráticas en lo vocal y tanto hermosas como insulsas en lo instrumental, por más que busco no acabo de ver la necesidad que teníamos de este disco. Si buscas un acercamiento a la obra inabarcable del genio, esto no es para ti. Ni las interpretaciones son fieles a los originales, ni emocionan como los originales, ni ha glosado lo más destacado de su discografía. Esto podría parecer bueno para el fan más jarcor. Pues no, este disco tampoco es para ti. El hecho de que no contenga ni una canción de "Transformer" (1972), por ejemplo, no lo hace más suculento. Sobre todo cuando permite incursiones dudosas como ese "Revien Cherie" de su bajista Fernando Saunders. Azucarado es poco.


En fin, poco puedo salvar en estas dos horas largas de periplo por un cancionero genial que Lou trata de restaurar. Una loable intención si no fuera porque estas canciones no necesitan ninguna mano de pintura. Al menos podremos solazarnos con el solo de chelo escalofriante de la Scarpantoni en "Venus In Furs" y con ese Antony que vuelve a hacer suya una canción ajena. Esta vez es "Candy Says". Son dos momentos leves, escasos, diluidos en el inmenso lodazal que se nos pretende colar como playa cristalina. Y a pesar de todo, esto suena al Lou Reed más Lou Reed. Al que no diferencia lo regular de lo sublime, al egocéntrico sin remedio y al poeta encerrado en un cuerpo de rockero salvaje. Quedémonos con el sabor de eso que llaman autenticidad aunque no haya mucho de eso aquí.

la interzona #55: animal farm



Animals (Pink Floyd, 1977)

Animals muestra a los Floyd más conceptuales, a los más hipertrofiados, a los más dignos de ser odiados por Johnny Rotten. Siguiendo el concepto de Wish You Were Here (1975) pero en sentido inverso, parten un tema y lo ofrecen al principio y al final. En esta ocasión se trata de una canción extremadamente corta y de tono insustancial que contrasta con la dureza de las ideas que anegan los tres cortes que colocan en medio.

La idea central del disco parte, ay, de Waters y en esta ocasión se mira en "Animal Farm", novela en la que George Orwell condena a la vez el capitalismo y el estalinismo. Los perros, cerdos y ovejas que pueblan el disco se inspiran directamente en la novela para denunciar las condiciones sociales y políticas en las que estaba inmerso el Reino Unido a finales de los 70. Una idea ambiciosa de las que gustaba desarrollar Waters y que precisaba de una música bombástica como esta.

En los larguísimos temas centrales, el grupo se dedica a destilar lo que venía probando desde The Dark Side of the Moon (1973). Podríamos tomar la suite "Dogs" como el momento cumbre del disco. En su desarrollo excesivo podemos incluso extasiarnos con las guitarras explosivas de un David Gilmour desbocado. Un trabajo más que notable muy bien maridado con los teclados flotantes que Richard Wright había empezado a aplicar en el trabajo anterior. "Pigs (Three Different Ones)" y "Sheep" se dejan oir a pesar de su extensión y completan un trabajo cabezón pero sólido que no gustará a los acérrimos del punk y que a día de hoy suena caduco y hortera. Aún así, todo un dechado de frescura si lo comparamos con el "fastuosíssimo" The Wall (1979) que esperaba a la vuelta de la esquina.


Si quedaba algo de los Pink Floyd primerizos, los que experimentaban juguetones con luces estroboscópicas en garitos de mala muerte, este disco acabó por obliterarlo. La gira que le siguió, que llamaron "In the Flesh Tour", fue un llenazo de estadios continuo y febril y los gigantescos cerdos volantes que usaron para promocionar el álbum volaban sobre una audiencia extasiada ante el gigantismo de una banda que estaba a punto de reventar de éxito. Un grupo que trataba de ocultar la infección que crecía en su seno y se dedicaba simplemente a presentar un buen álbum a pesar de los pesares.


jueves, 20 de agosto de 2015

trick or trick? #55: leche materna atómica



Atom Heart Mother (Pink Floyd, 1970)

Siguen las ínfulas y no parecía haber manera de rebajarlas. No entiendo cómo un disco con una portada tan icónica, divertida, sencilla y genial puede estar plagado de tanta nada. Si después de la quimera de esos veinticuatro minutos de cara A que construyen algo que hacen llamar "Atom Heart Mother" (la canción) crees que has sobrevivido a lo peor, no puedes estar más equivocado. Resulta que ese tour de force es lo mejor del álbum. A pesar de su incoherencia y de vertebrarse alrededor de una fanfarria errática e inconexa, tiene algo de candor. No sabemos muy bien si aspira a la grandeza de la música clásica o ironiza con ella. No es grandiosa, como seguro que pretendían, sino simplemente una pieza nada desdeñable en su cancionero.


Lo que sigue no merece tanto mi atención. Y eso que a priori, por su duración, parece tratarse de canciones más llevaderas. La realidad es que las tres siguientes padecen una falta de hierro terminal. Insulsas y melindrosas hasta el extremo, son de lo más aburrido que grabara Pink Floyd. En cuanto al cierre con ese desayuno psicodélico de Alan, supongo que pretendían encaramarse en la cima de la experimentación seria, pero para mí no es más que una tontería como un camión. Ruidos de ambiente que pretenden ser narrativos, mezclados con trocitos de musiquilla de mercadillo nunca va a poder defenderse como el colmo del arte mayor. Seguro que valoro mejor otras pretenciosidades igualmente infumables, pero en las artes algo te llega o no lo hace, y a veces no hay nada que explicar. Esto no me llega. Y no será porque no le pongo empeño. Quizá la próxima será.

miércoles, 19 de agosto de 2015

decíamos ayer...

Pink Floyd - Dark Side of the Moon

la interzona #54: ecos del espacio exterior



Meddle (Pink Floyd, 1969)

Meddle, el sexto disco de Pink Floyd pasa por ser su mejor obra desde su debut. Nunca un disco con toda una cara dedicada a una canción ha sonado tan refrescante y claro. Y esto no es solo gracias a sus virtudes, que habría que matizar, sino también por venir después de dos ladrillazos antológicos como son Ummagumma (1969) y Atom Heart Mother (1970).

La apertura con la instrumental "One of These Days" augura que todo había cambiado aquí. El tema es una apuesta cristalina por la claridad y la contundencia. El bajo marca un ritmo vertiginoso que se contagia desde que empieza a sonar. Tras él pasan a combinar lo épico y lo melindroso aunque con una gracia que no encontrábamos no mucho tiempo atrás. Y todo con una duración razonable. Al menos hasta llegar al cúlmen del disco. Su piedra de toque. Un tema de más de 23 minutos que se come, como decíamos, la segunda cara del vinilo. Con estos datos, "Echoes" parece algo poco apetecible a primera vista y sin embargo conquista desde las pulsaciones que lo inauguran, fruto de los jugueteos casuales de Rick Wright. "Echoes" es todo lo que habían pretendido ser algunas de sus aburridas epopeyas anteriores. Es voluptuosa, lírica y coherente. Bulle cuando lo tiene que hacer y se solaza en el reposo sin aspavientos. Es uno de los grandes hallazgos de Pink Floyd, la excusa perfecta para agenciarse este disco.

Sin exagerar, colocaremos al sexto de los de Cambridge en un lugar destacado de su discografía, pero para nada dentro del canon occidental. El álbum muestra demasiadas lacras como para considerarse siquiera excelente. Refresca y se agradece, sobre todo, si nos enfrentamos a la obra de este grupo de una manera cronológica. Compréndanme. Acabo de tragarme dos mamotretos de órdago. Por todo lo expuesto, Meddle sabe a gloria. Porque es simplemente un buen disco. Y eso a veces es más que suficiente.


martes, 18 de agosto de 2015

trick or trick? #54: como somos tan geniales...



Ummagumma (Pink Floyd, 1969)

Ummagumma partía de una idea que ya olía. A mierda. Un tufillo nada sutil que emanaba de una ocurrencia de lo más peregrino. "¿Y si componemos un mamotreto cada uno y los reunimos para formar un disco?". Me pregunto si el mismo que propuso esa idea añadió, "¡pero que sean piezas infumables de verdad!", o es que salieron así por casualidad. Se podían haber conformado con una cara del vinilo para el experimento, pero no, necesitaban toda la rodaja para dar rienda suelta a su ingenio desbocado.

Por si no fuera suficiente, añaden otro disco con tomas en directo de su material reciente. Este en su conjunto no está nada mal. Incluso se podría calificar como un buen directo. Si es que se pudiera descontextualizar, lo cual no sería ni justo ni realista. Ummagumma no salió bien porque no podía salir bien. Con el tiempo el grupo en bloque ha acabado renegando de un álbum que glosa como ninguno los excesos que Pink Floyd han representado a lo largo de su historia.

Detenerse a analizar las cinco piezas que llenan el segundo volumen sería tedioso e innecesario. Se trata de material inclasificable en el que confunden lo experimental con la boutade. Solos de batería entre especias exóticas se indigestan junto a chorradas que pretenden pasar por experimentos vocales. La cantidad de música sin sentido que puebla esta obra es sencillamente inabarcable. Evidentemente, la función del disco en directo es la de entregar al comprador algo por lo que merezca la pena el desembolso, pero dudo mucho que lograran satisfacer en este último punto. Señorxs, he aquí todo un ejemplo de autoindulgencia a manos llenas.

viernes, 14 de agosto de 2015

tótem #78: polvo de estrellas


Título: The Piper at the Gates of Dawn
Artista: Pink Floyd
Año: 1967
Productor: Norman Smith
Sello: EMI Columbia 

01  Astronomy Domine





04:10
02  Lucifer Sam





03:05
03  Matilda Mother





03:06
04  Flaming





02:44
05  Pow R. Toc H.





04:24
06  Take Up Thy Stethoscope And Walk





03:04
07  Interstellar Overdrive





09:42
08  The Gnome





02:12
09  Chapter 24





03:39
10  Scarecrow





02:08
11  Bike





03:22


El estreno del supercombo de Cambridge es una isla en su discografía. Un caleidoscopio psicodélico que se incendia y se consume para no dejar rastro ni descendencia. No en vano fue el único disco de Pink Floyd en el que el duende esquizofrénico de Syd Barrett iba a dirigir a tiempo completo. Un momento maravilloso y efímero. Por desgracia nunca sabremos qué rumbo habría cogido el grupo de haber continuado Barrett en él.

En esta obra maestra se aprecia claramente el dominio absoluto de nuestro desequilibrado amigo. En su guitarra y sus quiebros vocales, este Jimi Hendrix lisérgico, dirige sus pasos hacia terrenos esquizoides no exentos de una brillantez melódica apabullante. "Lucifer Sam", "Matilda Mother", "Flaming", "The Gnome" o "Bike" son joyitas de pop psicodélico de un valor incalculable. Triunfan en nuestro subconsciente y siempre lo harán merced a unas melodías saturadas de azúcar y visiones psicotrópicas enmarcadas en armazones unas veces sólidos y otras volátiles como el polvo de estrellas.

En estos momentos iniciáticos el grupo estaba experimentando con un sonido innovador y de alta toxicidad que claramente no pudieron acabar de digerir. Barrett abandonaría la nave y en el siguiente disco su participación sería puramente testimonial. Y el resto intentaron seguir la senda marcada por esta obra imposible en futuros intentos, aunque la fórmula se diluiría demasiado pronto en el océano de ideas que inundó al grupo con la entrada del más ortodoxo David Gilmour. Lo que más perduró en la banda fue el eco de los temas más densos y duros de este disco. Epopeyas cósmicas alucinógenas del calado de "Astronomy Domine", "Pow R. Toc H." o "Interstellar Overdrive". Su rastro siguió fresco en buena parte de la obra que siguió aunque la fiera había perdido ya casi todo su salvajismo.


Esto es lo grandioso y lo triste de un disco único. Un testamento candoroso y sulfúrico, la única obra en la que podemos recrearnos en la acidez eléctrica de Syd. Después crearía un puñado de joyas en solitario, aunque con un perfil principalmente acústico. Solo en estas canciones podemos disfrutarlo enchufado al fluido espacial que le sirvió de inspiración y acabó siendo su condena. Dulce condena.

Curiosidades

- El álbum tomó su título del séptimo capítulo del libro The Wind in the Willows de Kenneth Graham, una novela para niños. Ese piper se refiere concretamente al dios Pan. Una elección maravillosa que refleja tanto los intereses literarios del grupo como el tono jocoso y travieso de buena parte de esta música.

- Parece que a Barrett le gustaba hacerse llamar Piper, por lo que se vería como la personificación del dios Pan. De hecho en la canción "Shine On You Crazy Diamond" de 1975, que el grupo dedicó a Syd, lo llaman así.

- Syd Barrett dejaría la banda en abril de 1968, víctima de un cóctel explosivo compuesto por traumas infantiles y adicción severa al LSD. Todo esto fue la bomba que reventó su frágil estabilidad psíquica y emocional. Con Pink Floyd solo grabó cuatro singles y este LP y colaboró sutilmente en A Saucerful of Secrets (1968).


miércoles, 12 de agosto de 2015

momentazo #234: el gospel de la abrasión



Badmotorfinger (Soundgarden 1991)
ROCK
METAL / PUNK - grunge

Resultado de imagen de badmotorfingerEste es sin duda su Nevermind. Aunque no sea necesario compararlo con una obra que solo lo supera en carisma y ruptura de barreras, me arriesgo con el juego. Sin duda Soundgarden no tuvieron ni tendrán el atractivo de Nirvana, pero someterse a Badmotorfinger después de tanto tiempo sigue siendo una experiencia de alta intensidad. Eso no hay quien se lo quite.


Nada más comenzar, dilapidan todo su pasado con la urgencia rasposa de "Rusty Cage". Sientan las bases con la potente "Outshined" y se revuelcan en el fango eléctrico de la lenta y abrasadora "Slaves & Bulldozers". Aquí y en el clásico "Jesus Christ Pose", espinoso y alambrado, es donde Chris Cornell se extralimita vocalmente, y ¡gracias a Dios!, porque esa manera de vaciarse, ese expresionismo total, aún forzado, hiela la sangre. Tras este comienzo fulgurante, el disco rebaja sus pretensiones, aunque todavía podemos disfrutar de pelotazos punk como "Face Polution", la thrashmetálica, "Room A Thousand Years Wide", la melódica, "Mind Riot", la cáustica "Holy Water" o el naufragio gargantuesco de "New Damage" donde Cornell vuelve a desangrarse en torrentes de soul blanco y afilado.


Someterse a Badmotorfinger después de tanto tiempo sigue siendo una experiencia de alta intensidad. Eso no hay quien se lo quite

En este disco lo dan todo y puede que no sea un clásico pero también es cierto que no pudieron superarlo. ¿Sería porque el liston estaba demasiado alto o por falta de capacidad? Seguro que Kurt Cobain era más real pero, después de escuchar este álbum, puedo afirmar que Soundgarden nunca se vendieron. Se puede dudar de sus dotes pero jamás de su autenticidad. Su verdad sobrecoge y no podemos más que hacernos un ovillo al calor de ese "¡ahora ya sé por qué has estado temblando!".


momentazo #233: magia negra







Led Zeppelin [IV] (Led Zeppelin, 1971)
ROCK
METAL / ROCK & ROLL - hard rock / proto-metal

Resultado de imagen de led zeppelin ivLed Zeppelin IV. El disco. El mito. Es bueno hacer esta diferenciación antes de enfrentarse a la obra magna del que fuera grupo de hard rock por excelencia durante un par de lustros. Tampoco voy a decir que la opinión sea unánime. Nunca lo ha sido ni lo será con el mejor álbum de uno de los grupos más adorados y vilipendiados de la historia. Dicho esto me gustaría aclarar que Led Zeppelin ha caído bastantes peldaños en los últimos años en mi escalafón personal de leyendas.

 Led Zeppelin IV. El disco. El mito. Es bueno hacer esta diferenciación antes de enfrentarse a la obra magna del que fuera grupo de hard rock por excelencia durante un par de lustros

Sin embargo todavía me resulta irresistible someterme a esa carga sexual de la descoyuntada "Black Dog", a ese infierno percutivo y guitarrero de "Rock and Roll" (¿su canción más sencilla? Sin duda de las más efectivas), o a ese mastodonte que es "When the Levee Breaks". Pura dinamita. Y ya lo sé... En el ínterim hay que sufrir las especias algo rancias de "The Battle of Evermore" o el exceso desproporcionado de "Stairway to Heaven". Para bien o para mal, el corazón del disco en todos los sentidos. Suena añeja, ha perdido vigencia (si es que alguna vez la tuvo) y ya no epata como antes. Es cierto que me ha gustado mucho. Incluso aprendí a tocarla con la guitarra (más o menos). Tampoco puedo decir que esté sobrevalorada. Como no puede estar sobrevalorada una obra de Mozart. Lo que sí es cierto es que oyéndola me entran ganas de agarrar la guitarra y desgañitarme al ritmo de "Anarchy in the UK". Contradictoria, linda... Por favor que deje de coronar las listas de mejores canciones de historia.



Disco sólido y rotundo. Fiel reflejo de cómo se hacían las cosas en esos años. Se pulían las mejores melodías de las que uno era capaz y se hacían carne por medio de instrumentistas sobrehumanos. Para ese servicio estaba el martillo mayestático de John Bonham; los devaneos delicados, mántricos o a degüello del hacha de Jimmy Page; el bajo pionero y servicial de John Paul Jones; y la voz andrógina, avasalladora o caricaturesca de Robert Plant. Un lujo. Así, muy pocos peros se le pueden poner a esto.



miércoles, 5 de agosto de 2015

momentazo #232: mama áfrica



Cabo Verde (Cesaria Évora, 1997)

La diva de los pies descalzos en plena madurez nos acaricia con dulzura en esta obra otoñal y melancólica como los atardeceres de su Cabo Verde natal. Esta clasicaza por méritos propios ya había arrasado por los escenarios de todo el mundo cuando sacó este disco de título tan evocador como predecible.

Nada nuevo bajo el sol. Tampoco le hace falta para volver a recoger aplausos más que merecidos. A Cize Le basta con paladear la melancolía dulzona de la morna y brincar sutilmente con el trote ligero de la coladeira para triunfar una vez más. Está claro que no estamos ante un "Miss Perfumado" (1992) o un "La diva aux pieds nus" (1988). Puede que no sea un clásico de su discografía pero se basta y se sobra para introducirnos en el mundo de esta cantante excepcional. Con esa voz prodigiosa y perfectamente dotada para un estilo que el oído occidental relaciona con la negrura del fado, el brillo de la música cubana y por supuesto con el humo portuario del tango.

Todo esto evoca un disco que sin ser enciclopédico ni apabullante, glosa con maestría el aliento grandioso de una de las grandes. Fue su séptimo trabajo y ya contaba con 56 años. Su debut discográfico fue a los 47. Un crimen el tener este tesoro oculto durante tanto tiempo. Otra injusticia producto del etnocentrismo más retrógrado.


lunes, 3 de agosto de 2015

momentazo #231: ¿la más grande?



 The Greatest (Cat Power, 2006)

Es hora de airear las mantas. Tan refrescante como podría aspirar a ser un disco de Chan Marshall. No es mucho, lo sé, y aunque el aire se cuele por las rendijas sigue sonando a cerrado. Y a naufragio. No artístico, de eso no sabe la de Atlanta, sino sentimental. Dolores aireados en la ventana. Como nunca, nos muestra sus vergüenzas en un ejercicio de honestidad y coraje que impresiona.

En cuanto a la banda de Nashville, impecable, nos muestra otro tono del espectro Cat Power. Más luminoso pero no demasiado. No vaya a ser que nos deslumbremos ante tamaña preciosidad.

sábado, 1 de agosto de 2015

la interzona #53: ¡sí, nena, sí!



Uh Huh Her (PJ Harvey, 2004)

La prueba irrefutable del agotamiento de unas ideas que no daban para más. "Uh Huh Her" se queda a medio camino entre el rock reluciente de "Stories From the City, Stories From the Sea" (2000) y una nueva senda a explorar que no queda muy clara pero que apunta hacia los mares en calma que bañarían obras futuras. Chapó por "Shame" o "You Come Through" pero algo menos para "Who the Fuck?" o "The Letter". La segunda peca de un continuismo que carece de la capacidad de emocionar de antaño y la primera apela a la máxima rudeza con una insolencia que se evapora demasiado pronto.

"Uh Huh Her" es básicamente un batiburrillo que recopila el gran currículum de la de Dorset. Por ello era difícil que saliera malo. Ni bueno. Se aprecian retazos de la bruma de "Is This Desire?" (1998) por aquí, la truculencia romántica de "To Bring You My Love" (1995) por allá, cosa que no está mal. Quizá falla más al invocar el desgarro sulfúrico de "Rid of Me" (1993) o "Dry" (1992). Una vez que aprendes a limpiar tu sonido es muy difícil volver a inicios más guarretes. Simplemente no te sale. Lo que hacía falta era que Polly Jean se diera cuenta de que tampoco pasaba nada por ello, y creo que este disco es valioso porque le permitió tomar distancia y huir hacia delante librándose de los molestos fardos del pasado.

Tampoco encontramos premoniciones claras acerca de cómo iba a sonar en el futuro. Si acaso intuiciones, retazos, ideas apenas esbozadas, pero si algo deja claro es que es en los momentos más reposados en los que Harvey se vacía y te toca. Puede que la instrumental "The End" o la taciturna "The Desperate Kingdom of Love" no acaben de anunciar el giro radical de "White Chalk" (2007) pero sí que clarifican que ya nada iba a ser como lo habíamos conocido.





"Uh Huh Her" es, y perdonen lo manido, un disco de transición. Una obra sincera y serena que no va a deslumbrar entre las demás, pero lo suficientemente disfrutable a pesar de sus muchos peros. Un ejercicio que tiene valía por sí mismo pero que se entiende mejor si se compara con sus familiares más cercanos. Meritorio a pesar de los pesares.