domingo, 23 de agosto de 2015

la interzona #55: animal farm



Animals (Pink Floyd, 1977)

Animals muestra a los Floyd más conceptuales, a los más hipertrofiados, a los más dignos de ser odiados por Johnny Rotten. Siguiendo el concepto de Wish You Were Here (1975) pero en sentido inverso, parten un tema y lo ofrecen al principio y al final. En esta ocasión se trata de una canción extremadamente corta y de tono insustancial que contrasta con la dureza de las ideas que anegan los tres cortes que colocan en medio.

La idea central del disco parte, ay, de Waters y en esta ocasión se mira en "Animal Farm", novela en la que George Orwell condena a la vez el capitalismo y el estalinismo. Los perros, cerdos y ovejas que pueblan el disco se inspiran directamente en la novela para denunciar las condiciones sociales y políticas en las que estaba inmerso el Reino Unido a finales de los 70. Una idea ambiciosa de las que gustaba desarrollar Waters y que precisaba de una música bombástica como esta.

En los larguísimos temas centrales, el grupo se dedica a destilar lo que venía probando desde The Dark Side of the Moon (1973). Podríamos tomar la suite "Dogs" como el momento cumbre del disco. En su desarrollo excesivo podemos incluso extasiarnos con las guitarras explosivas de un David Gilmour desbocado. Un trabajo más que notable muy bien maridado con los teclados flotantes que Richard Wright había empezado a aplicar en el trabajo anterior. "Pigs (Three Different Ones)" y "Sheep" se dejan oir a pesar de su extensión y completan un trabajo cabezón pero sólido que no gustará a los acérrimos del punk y que a día de hoy suena caduco y hortera. Aún así, todo un dechado de frescura si lo comparamos con el "fastuosíssimo" The Wall (1979) que esperaba a la vuelta de la esquina.


Si quedaba algo de los Pink Floyd primerizos, los que experimentaban juguetones con luces estroboscópicas en garitos de mala muerte, este disco acabó por obliterarlo. La gira que le siguió, que llamaron "In the Flesh Tour", fue un llenazo de estadios continuo y febril y los gigantescos cerdos volantes que usaron para promocionar el álbum volaban sobre una audiencia extasiada ante el gigantismo de una banda que estaba a punto de reventar de éxito. Un grupo que trataba de ocultar la infección que crecía en su seno y se dedicaba simplemente a presentar un buen álbum a pesar de los pesares.


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