martes, 25 de agosto de 2015

trick or trick? #57: pesadilla de posguerra



The Final Cut (Pink Floyd, 1983)

Es demasiado fácil establecer la línea roja en "The Wall" (1979). La línea a partir de la cual no hay nada que llevarse a la boca en la discografía de Pink Floyd. Ciertamente es demasiado fácil ver su continuación, "The Final Cut", como un disco muy menor y como el primero de su imparable caída. Lo suyo sería valorarlo como una obra otoñal y sincera en la que Roger Waters homenajea a las víctimas de la guerra, con las Malvinas como telón de fondo. Habría que tener el valor suficiente para reconocer el mérito artístico que supone desarrollar un concepto tan ambicioso.

Y parece que una vez más, tratar de encontrar maravilla entre la mediocridad, es imposible. Deberíamos ser capaces de ver algo hermoso, aunque como suele suceder, la canción se supedite al concepto. Podríamos ser benevolentes y apreciar el esfuerzo de Waters, no como un liderazgo dictatorial e insensible, sino como una guía sabia y juiciosa. Que esto sea la resaca de la borrachera de ego que el bajista se pilló con el disco anterior no debería sino parecernos una minucia. Y aunque los resultados estén más que a la vista, deberíamos dedicar nuestro valioso tiempo a estos balbuceos melindrosos en piezas que pretenden ser importantes y son tan insulsas que acaban con la paciencia de un santo. Aquí todo lo escribe Waters, casi todo lo canta él y Richard Wright no está. Vayan haciendo sus cuentas.

El duodécimo disco de Pink Floyd es el menos Pink Floyd de todos. Y eso, que podría ser algo bueno, acaba siendo una losa imposible de levantar. Después de este, Roger Waters, miembro fundador, abandonaría el grupo con la consiguiente batalla legal por el nombre y el mando en manos de David Gilmour. Motivos de peso para replantearse el interés por el grupo. Reconozcámoslo, nos encanta morder y hacer sangre y detectamos al instante cualquier síntoma de debilidad. Sí, "The Final Cut" lo pone fácil. Demasiado fácil.


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