sábado, 7 de noviembre de 2015

la interzona #61: fritanga



Frizzle Fry (Primus, 1990)

Es difícil describir el sonido de esta banda. Está lleno de referentes claros, pero los han combinado a su modo. Y les ha salido una cosa que podrá gustar más o menos pero no se le puede negar que es original. Ahí se perciben aromas funk-metal, riffs setenteros e incluso bluesy, algo de jazz y toques de rock progresivo. Claro que todos los estilos están integrados entre sí por un cachondeo que no ayuda a tomarse en serio a esta banda y que los hacen casi indescifrables. El cerebro de la misma, Les Claypool, siempre se ha declarado marxista, pero de Groucho y no de Karl. Y siempre ha sido un grupo que veneraba a sus influencias.

Con la ya mencionada vena humorística y el resto de referentes se las apañan para estrenarse en el estudio con un disco de rock poderoso. Estas canciones estaban más que puestas a prueba en directo como demuestra el disco anterior y están plenas de una fuerza bizarra. Una potencia que no parece convencional. Porque la fuerza de este rock no hay que buscarla en lo grueso de la distorsión, ni en la guturalidad del cantante. Es otra cosa la que hace poderoso este sonido. Esa cosa que bulle en unas canciones tensas como cuerdas de arco gracias a esos ritmos truncados y frenéticos, los chispazos mágicos de un psicópata del bajo llamado Les Claypool y los no menos sobresalientes devaneos de sus lugartenientes Herb y LaLonde.

¿Y es esto suficiente en uno de sus mejores discos? Bueno, al menos es más que decente y disfrutable. Por definición les será imposible facturar una obra maestra, así que este es uno de los que deberías tener si estás interesado en esta banda. La clase media es necesaria.

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