lunes, 28 de marzo de 2016

momentazo #275: post-punk vestido de seda



Treasure (Cocteau Twins, 1984)

Los Cocteau Twins no son plato para degustar con prisas. Atrás los aficionados a la comida rápida. Esos serán los que no podrán paladear las delicias de la voz de Elizabeth Fraser, tan operística, tan poco rock, tan bigger-than-life que, he de confesarlo, puede empalagar al más pintado. A todo aquél con un paladar poco entrenado y más proclive a la carnaca que al matiz sensorial.

"Treasure" se antoja como un disco tan suculento, tan vistoso, tan perturbador como los más grandes. Con todas sus toneladas de exceso, de pompa y de boato sónico. Con esa huída cabezona hacia las antípodas de la mesura. Y aunque todo eso es cierto, también lo es el afirmar que es una gozada perderse en su floresta exuberante y frondosa. Las canciones que lo habitan son nombres propios y no decepcionan en sus ínfulas de individualismo. La mayoría nombres femeninos, el toque perfecto para redondear la jugada de un sonido ginecético y cargado de estrógenos. Un sonido donde el matiz y la sutileza ganan al ruido blanco y rosa, a la percusión brutal. Y eso que de todo esto también se alimenta.


"Treasure" parece buscarse continuamente sin éxito, a pesar de sus pasos más certeros ("Ivo", "Lorelei", "Persephone", "Otterley"). El disco se desarrolla y sobrevive en un continuo traspiés, en la inseguridad de lo inestable y lo volátil. Intentar amarrarlo a tierra sería un crimen que acabaría con su esencia, con ese halo de eternidad que tiene lo inenarrable. Porque aunque nos cree más dudas que certezas, "Treasure" nos gusta, nos gusta mucho. Y claro, no sabemos el porqué, ni queremos saberlo.

la interzona #71: kaurismäki's blues



Tuhannen Kaipuun Maa (Marko Haavisto & Poutahaukat, 2009)

Muy probablemente no estaría escribiendo esto si no fuera por Aki Kaurismäki. Fue el cineasta finlandés el que me dio a conocer a este grupo con su cameo en la fantástica "El hombre sin pasado" (2002). Soy por tanto uno de los miles de conversos que se aproximan a esta banda siguiendo el hilo de "Paha Vaanii" para constatar que hay bastantes más motivos de regocijo en su carrera.

Este recopilatorio se me antoja la opción ideal para adentrarse en el canon del cantautor finés y sus compinches. En sus veinte temas se puede uno hacer una idea de las diferentes facetas de su música. Una música, es cierto, que peca de blanda y acomodada. Poco o nada de transgresión hay aquí. Sólo una mezcla elegante y sobria entre el folk y el country de raíz norteamericana, el rock más o menos saltarín y las auroras invernales del ártico. Más Chris Isaak que Johnny Cash, nuestro melancólico Marko se despereza en tonadas pastelosas y soñadoras de una frialdad y un hieratismo realmente hermoso.

Una hermosura que no te va a perforar el corazón. Su mayor aspiración debería ser el ofrecerte algo de compañía. Salvo, claro está, en los momentos más entonados, porque también hay que reconocer que cuando dan en el clavo, te tocan bien dentro. Así las cosas, debo destacar la mencionada "Paha Vaanii" y la apertura "Myrskyn Keskellä" como las piezas clave de un disco que contiene muy buenos momentos y otros que dan algo de cosica. Estas dos son sensacionales y superiores al resto, aún siendo consciente de que me olvido de otras nada desdeñables. Lo mejor, comprobarlo por uno mismo. Con cuidado, eso sí.

miércoles, 23 de marzo de 2016

momentazo #274: lo bello y la náusea



Repulsión (Claustrofobia, 1987)

Hay veces en las que me creo que lo sé todo. Momentos en los que mi seguridad se erige aparentemente indestructible sobre el mundo y el arte. Y siempre hay algo que me hace reconocer mi humildad. Puede ser un gesto, una noticia o una obra de calado hondo y sincero, ya sea musical, literaria o cinematográfica. En uno de esos momentos me llegó este disco impenetrable, una obra de romanticismo venenoso y lírica arrebatada. Tras la inmersión en su alma oscura solo puede haber una sorpresa inicial, una desorientación difícil de enmendar. Pero ¿de dónde sale ese quejío? Está claro que no es flamenco... No se me ocurre algo más lejano y, sin embargo, coquetea con ese lamento, ese toque tan andaluz, tan español.

Estamos en estas disquisiciones, cuando nos golpean con el pasodoble ambulante de "Los milicianos", y ya la descolocación es supina. Claro que antes nos han tenido que cerrar la boca que cuelga inerte tras escuchar las maravillas de "Carlove", "Tu traición" o "La sombra sabe". "¡Algo en el amor tiene un sabor tan amargo! " parece dejarnos claro que el disco tiene un corazón pop aunque, eso sí, bucee entre sentimientos obscenos y poco luminosos. Todo lo ya señalado y lo que sigue conforma un bloque de una coherencia indestructible. Y eso que en apariencia podría volar hacia la incongruencia y el exceso de manierismos y eclecticismo. El piano jazzy y económico de "Velvet Nights"; la africana y hermética "Mamma Winnie"; la soberbia y "claustrofóbica" versión de "Sex Machine" o el hara-kiri emocional de "Seppuku". Todas suman en su conjunto y no desmerecen en su individualidad, a pesar de las percusiones tan ochenteras y el exceso expresivo.

Este "arte"facto es un disco ominoso y dolorosamente arty. Desde luego, no es plato para paladares poco entrenados y deja claro una cosa: nunca se ha hecho nada que se le parezca, y eso... Acojona.

martes, 22 de marzo de 2016

momentazo #273: ¡kontra la pared!



Group Sex (Circle Jerks, 1980)

Circle Jerks son una cosa sucia e incómoda como ese jersey viejo que nunca lavas. El "fast and bulbous" de Captain Beefheart llevado al extremo. Junto a Bad Religion, Redd Kross y Black Flag fueron figuras clave en la escena punk de Los Angeles. Demasiado diluidos por tanto en un batiburrillo ya de por sí nada maleable. ¿Qué tienen pues que merezca dedicarles nuestro tiempo?

No parece fácil encontrar a priori puntos de fuga que individualicen una propuesta donde lo que prima es la velocidad y la soflama escupida. Sus miembros además venían de algunas de las bandas mencionadas o alternaban entre ellas. Y sin embargo Circle Jerks eran diferentes a su modo y lo demuestran desde este LP de debut. Un disco en el que se jactan de ofrecer catorce temas en quince minutos. Todo un orgullo para la secta del punk. También encontramos una cierta pausa tensa en algunos temas que no rebaja la potencia de su descarga pero la matiza. Como también es de agradecer la formación jazzística del batería que estalla gozosa en esa bendita colisión entre el bebop, lo latino y el speed metal.

"Group Sex" es un disco que trata de ir más allá de un género tan cerrado como el hardcore. Decir que lo consigue es ser demasiado optimista. En realidad esto sólo es apto para ya iniciados, aunque por otra parte, si alguien de fuera de la secta tiene alguna curiosidad, creo que no sería mala idea empezar por aquí. Al fin y al cabo, ¿qué son quince minutillos?

sábado, 19 de marzo de 2016

tótem #87: los grandes de un grande

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/en/4/4c/ChuckBerry_TheGreatTwentyEight.png

Álbum: The Great Twenty-Eight
Artista: Chuck Berry
Año: 1982 
Productor: Phil & Leonard Chess
Sello: Chess

Disc 1

01  Maybellene





02:23
02  30 Days





02:24
03  You Can't Catch Me





02:44
04  Too Much Monkey Business





02:55
05  Brown-Eyed Handsome Man





02:17
06  Roll Over Beethoven





02:24
07  Havana Moon





03:07
08  School Days





02:42
09  Rock And Roll Music





02:32
10  Oh Baby Doll





02:38
11  Reelin' & Rockin'





03:16
12  Sweet Little Sixteen





03:02
13  Johnny B. Goode





02:40
14  Around And Around





02:41
Disc 2

01  Carol





02:48
02  Beautiful Delilah





02:10
03  Memphis





02:13
04  Sweet Little Rock And Roller





02:23
05  Little Queenie





02:43
06  Almost Grown





02:21
07  Back In The USA





02:27
08  Let It Rock





01:48
09  Bye Bye Johnny





02:05
10  I'm Talking About You





01:48
11  Come On





01:51
12  Nadine





02:35
13  No Particular Place To Go





02:42
14  I Want To Be Your Driver





02:14


El big bang estallando en tus oídos en un glorioso disco doble que glosa el poder y la gloria del rock 'n' roll. El inicio, la matriz, el origen de un sonido que ha dominado la música popular desde su surgimiento. Y si esta no es su partida de nacimiento poco le falta. Chuck Berry fue decisivo a la hora de dar forma a todo este rollo. Si no fue el único sí que fue el más importante. Que me perdonen Elvis y Little Richard, Fats Domino y Bo Diddley.

Berry dominó y definió todo lo que debía tener un músico de rock. El apartado compositivo con temas afilados como cuchillas. La inclusión de esos solos demoníacos. El aspecto gestual y guasón que copiarían tantos y tantos guitarristas y frontmen futuros. Y no olvidemos las letras, livianas y llenas de sentido en su hedonismo. Un cóctel que apelaba al instinto y a lo atávico del ser humano. Una combinación en la que la jeta se antepone a lo intelectual, lo espontáneo a lo pomposo. Todos podéis hacerlo, parecía decir. Y aún así cualquiera se daba cuenta de que esa maestría no estaba al alcance de cualquiera.

Estas veintiocho canciones son un contenido mínimo en cualquier currículum que pretenda glosar las enseñanzas del rock. Ellas solas componen un temario imprescindible para todo el que pretenda saber de qué va esto. Imparten magisterio pero a la vez son una gozada por mucho tiempo que pase. No hay lugar para la duda. Todo un monumento a la música popular en cualquiera de sus vertientes. Después de esto nada volvería a ser igual. ¡Cágate Beethoven, lo tienes crudo!

Curiosidades

- El disco cubre los 9 primeros años de Berry en Chess, su etapa dorada. Por ello es el recopilatorio definitivo del artista aún no cubriendo su carrera al completo. Lo es por la selección musical y por tener la capacidad de atraer tanto al oyente casual como al experimentado. Se han hecho otras recopilaciones pero al final todas acaban pecando de demasiado escuetas o demasiado enciclopédicas e inabarcables.

No me cabe duda de que eso ha influido decisivamente en la perdurabilidad de una obra que está entre los mejores discos recopilatorios jamás publicados.




sábado, 12 de marzo de 2016

momentazo #272: el amor y la escarcha



Kill for Love (Chromatics, 2012)

Chromatics se muestra aquí como ese grupo que sabe destilar las mejores esencias ochenteras del tecnopop y el post-punk para refinarlas en un sonido actual, vibrante, adictivo. Un sonido que, también es verdad, se les va de las manos a la hora de entregar un producto que ganaría con la concreción.

"Kill for Love" rezuma clase y categoría. Con una portada y producción que nos remiten a otros tiempos. Tiempos de lujo y quilates. Es un disco gélido y calculado al milímetro que nos endosa un retrofuturismo más que creíble, palpable. No digo que estemos ante una obra que pueda salvar vida alguna. Esto más bien está hecho para el sofá y la siesta en duermevela. La voz de Ruth Radelet rezuma candor y suma en el aura de perversión de una obra angulosa y multifacetada. Y en cuanto a las guitarras, teclados y efectos, lo mismo nos traen a la mente a New Order que a The xx. Todo en un disco que además se las apaña para dar enjundia y prestigio al autotune, cosa que algunos creíamos imposible.

En resumen, el quinto de Chromatics es una grata sorpresa. Uno de los discos para recordar del comienzo de década, sin duda. Podéis estar hartos de discos faraónicos que intentan agotar la duración del formato CD, pero esto cuenta con méritos a su favor para merecer un par de escuchas. Y gozosas.

PD: Todo a pesar de que al final mute en lo que podría ser la banda sonora alternativa de "TRON: Legacy".

miércoles, 9 de marzo de 2016

momentazo #271: subterrania



Low (David Bowie, 1977)

El primer vértice de la trilogía berlinesa supuso un punto clave en la carrera de David Bowie y una obra referencial para un sinfín de artistas que siguieron las enseñanzas del maestro con redoblada fe y obediencia ciega. En realidad el disco fue gestado en Francia y sólo las mezclas finales se realizaron en Berlín Oeste.

En la época, Bowie se encontraba en plena desintoxicación cocainómana por lo que abandonó Los Angeles, centro mundial de esa droga para acabar recalando en Berlín. El hecho de que en esta ciudad la heroína fuera tan fácil de encontrar como los caramelos no pareció preocuparle. Al fin y al cabo no se sentía atraído por el jaco según comentó después. En cualquier caso, por los motivos que fuesen, el cambio de ciudad resultó capital a la hora de enfrentarse a esta nueva etapa artística. La colaboración con Brian Eno hizo el resto.

La influencia de Kraftwerk o Neu! ya había tenido un efecto demoledor en "Station to Station" (1976) pero fue en este undécimo trabajo donde Bowie acertó a digerirla en toda su grandeza para crear algo tan grande y tan propio que se coloca fácilmente en la cima de sus tesoros más admirados. La importancia del camaleón radica en la facilidad con la que devoraba etapas, influencias y gustos y la enorme calidad de lo que fabricaba con todo ello. Aquí vemos los mimbres de la música ambiental (no en vano Eno metió la mano a base de bien), el synth-pop, el post-rock y la electrónica más minimalista y oscura. "Low" acaricia y amenaza con un poder de atracción espeluznante.

Y lo más curioso es que resulta difícil explicarse el porqué. Decir que esto es un disco difícil es una obviedad. Y lo es por diversos motivos. Para empezar se encuentra dividido en dos partes antagónicas y casi excluyentes. La primera se compone de temas pop, o eso les gustaría a algunos, porque esos temas son más bien fragmentos, piezas inacabadas de un pop vanguardista más bien rarito. La excepción sería "Sound and Vision", y aún así, a pesar de ser espectacular y adhesiva, tiene la estructura atípica de lo que sólo es un boceto. Y si hablamos de la segunda parte, solo con decir que en los directos de la época, Bowie se valía de un músico para dirigir al conjunto como si de una orquesta se tratara, nos hacemos una idea de lo formal de la propuesta.

Curiosamente, o no, es esta segunda parte lo más jugoso de esta obra. El corazón sería "Warszawa", una pieza creada en su mayor parte por Brian Eno que concentra y resume la densidad, la angustia y también la calma que esta obra de arte que es "Low" puede provocar. En esta suite protoelectrónica podemos sentir la nieve caer y el agua gotear de las estalactitas. Es la música que Fritz Lang habría querido para su "Metropolis" (1927), una música decadente y sintética pero con un corazón humano y cálido capaz de vencer a la máquina. Con los grandes nunca se sabe. Nos sorprenden a cada paso y hacen refulgir su genio cuando menos lo esperamos. Así, Bowie nos cuela un disco casi instrumental cuando lo que más nos gusta de él es su voz. Y además de tragárnoslo, tenemos que admitir que nos ha sabido a gloria. Pocos hay capaces de eso.