miércoles, 9 de marzo de 2016

momentazo #271: subterrania



Low (David Bowie, 1977)

El primer vértice de la trilogía berlinesa supuso un punto clave en la carrera de David Bowie y una obra referencial para un sinfín de artistas que siguieron las enseñanzas del maestro con redoblada fe y obediencia ciega. En realidad el disco fue gestado en Francia y sólo las mezclas finales se realizaron en Berlín Oeste.

En la época, Bowie se encontraba en plena desintoxicación cocainómana por lo que abandonó Los Angeles, centro mundial de esa droga para acabar recalando en Berlín. El hecho de que en esta ciudad la heroína fuera tan fácil de encontrar como los caramelos no pareció preocuparle. Al fin y al cabo no se sentía atraído por el jaco según comentó después. En cualquier caso, por los motivos que fuesen, el cambio de ciudad resultó capital a la hora de enfrentarse a esta nueva etapa artística. La colaboración con Brian Eno hizo el resto.

La influencia de Kraftwerk o Neu! ya había tenido un efecto demoledor en "Station to Station" (1976) pero fue en este undécimo trabajo donde Bowie acertó a digerirla en toda su grandeza para crear algo tan grande y tan propio que se coloca fácilmente en la cima de sus tesoros más admirados. La importancia del camaleón radica en la facilidad con la que devoraba etapas, influencias y gustos y la enorme calidad de lo que fabricaba con todo ello. Aquí vemos los mimbres de la música ambiental (no en vano Eno metió la mano a base de bien), el synth-pop, el post-rock y la electrónica más minimalista y oscura. "Low" acaricia y amenaza con un poder de atracción espeluznante.

Y lo más curioso es que resulta difícil explicarse el porqué. Decir que esto es un disco difícil es una obviedad. Y lo es por diversos motivos. Para empezar se encuentra dividido en dos partes antagónicas y casi excluyentes. La primera se compone de temas pop, o eso les gustaría a algunos, porque esos temas son más bien fragmentos, piezas inacabadas de un pop vanguardista más bien rarito. La excepción sería "Sound and Vision", y aún así, a pesar de ser espectacular y adhesiva, tiene la estructura atípica de lo que sólo es un boceto. Y si hablamos de la segunda parte, solo con decir que en los directos de la época, Bowie se valía de un músico para dirigir al conjunto como si de una orquesta se tratara, nos hacemos una idea de lo formal de la propuesta.

Curiosamente, o no, es esta segunda parte lo más jugoso de esta obra. El corazón sería "Warszawa", una pieza creada en su mayor parte por Brian Eno que concentra y resume la densidad, la angustia y también la calma que esta obra de arte que es "Low" puede provocar. En esta suite protoelectrónica podemos sentir la nieve caer y el agua gotear de las estalactitas. Es la música que Fritz Lang habría querido para su "Metropolis" (1927), una música decadente y sintética pero con un corazón humano y cálido capaz de vencer a la máquina. Con los grandes nunca se sabe. Nos sorprenden a cada paso y hacen refulgir su genio cuando menos lo esperamos. Así, Bowie nos cuela un disco casi instrumental cuando lo que más nos gusta de él es su voz. Y además de tragárnoslo, tenemos que admitir que nos ha sabido a gloria. Pocos hay capaces de eso.

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