jueves, 7 de abril de 2016

momentazo #277: soy lo que toco



Lodger (David Bowie, 1979)

No sé por qué hay una cierta unanimidad en calificar este álbum como "el accesible" de la trilogía berlinesa. El punto final de la etapa teutona de Bowie cosecha loas por su inmediatez, idea extraída seguramente del hecho de contener canciones convencionales que lo diferencian de los dos trabajos anteriores. Lo cierto es que, para mí, "Lodger" es un disco problemático, un constructo hermético y ruín dominado por un sonido venenoso y vertebrado por unas melodías aceradas y en las antípodas del pop de consumo. Vale, no hay instrumentales aquí. Tampoco bocetos ni canciones a medio hacer, pero si la apertura "Fantastic Voyage" se considera el epítome de lo cercano, que se pare el mundo, que me bajo.

Todo esto puede sonar a queja cuando es todo lo contrario. Es cierto que se agradece que Bowie se dejara de zarandajas y entregara por fin un disco de canciones sin coartada conceptual ni disfraz alguno. Eso es totalmente loable. Y bienvenida sea también la guitarra esquizofrénica y bestial de ese genio que es Adrian Belew. Nunca será suficientemente ponderada su aportación en temas como "Red Sails" o "Boys Keep Swinging". Las lleva a otro nivel. Así de simple.

Con todo, el decimotercer álbum de Bowie gana con los años y se sitúa sin problemas entre los discos del artista que mejor han envejecido. Este es uno de esos que dan la razón a todos los que vemos a David como un visionario que siempre va dos pasos por delante del resto. Interpretaciones vocales dramáticas hasta la muerte, experimentos keniatas y turcos, el avant-funk que ya llevaba años destilando, esta vez con la mirada puesta en Talking Heads, e incluso una canción que compusiera junto a Carlos Alomar y cuya base le quitó Iggy Pop para abrir "The Idiot" (1977). Estos son los ingredientes más llamativos de un disco excepcional que no tuvo una buena acogida en su momento. Brian Eno empezaba a alejarse del Camaleón y no metió las manos aquí tan de lleno como en los dos anteriores. Tenga que ver o no, este disco cerró una época irrepetible y preparó al genio británico para su entrada triunfal en unos años 80 que no iban a ser lo mismo pero que también tendrían su miga. ¡Cómo no!

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