martes, 31 de mayo de 2016

trick or trick? #67: noticias rancias



News of the World (Queen, 1977)

El sexto disco de Queen tiene la vitola de ser recordado por contener dos temazos como "We Will Rock You" y "We Are the Champions", y poco o nada más. Y lo peor es que esta idea es bastante cierta. Las dos canciones mencionadas son, no sólo dos de las canciones más favoritas de la afición, sino dos de los temas más famosos de la historia del rock. La primera es un bombazo grandioso en su pureza minimal y la segunda fue una gran canción aunque se haya convertido en una caricatura de sí misma a base de tanta repetición, tanta descontextualización y tanto grito pelado y borrachuzo.


Aquí podría acabar la reseña a este "News of the World". Si acaso podríamos detenernos en la hermosura radiante y sincera de "Spread Your Wings". Seguir más allá es tarea futil. Medianías rococó conviven con intentos de blues con un pie en el AOR y otro en la insulsez. La tibieza te va a invadir durante una segunda parte que está entre lo peor que hicieron los británicos. Especialmente sangrante es esa insoportable "It's Late" que necesita más de seis minutos de nuestras vidas. Seis minutos que no se nos devolverán ni podrán ser resarcidos ni con la notable "Melancholy Blues" que cierra un disco flojito, flojito.

lunes, 30 de mayo de 2016

la interzona #73: el gemelo oscuro



A Day at the Races (Queen, 1976)

La continuación perfecta para "A Night at the Opera" (1975). Su gemelo oscuro, este "A Day at the Races" acabó por agotar el talento de los británicos, al menos en cuanto a formato largo se refiere. Una continuación de lujo para su "obra maestra" que lograba formar una dupla mítica para el seguidor fiel del grupo.

"A Day at the Races" mantiene intacta el aura que el grupo había construído. Esa que explotó en el anterior y que se colorea y refulge merced a un estilo bombástico y excesivo. Si ya en "Sheer Heart Attack" (1974) habían logrado centrarse en la canción por encima del concepto y del álbum como unidad indisoluble, en "A Night at the Opera" perfeccionaron la idea y la prolongaron en esta continuación de manera tan notable como ampulosa, todo hay que decirlo.


"A Day at the Races" se abre a golpe de rock visceral ("Tie Your Mother Down") y logra altas cotas en el capítulo de la flama eléctrica como en la heavy-blues "White Man". Sin embargo es en el sentimiento fogoso donde triunfa. "Take My Breath Away", "Somebody to Love" y "Teo Torriatte" comparten un sentimentalismo siempre al borde de lo melodramático y lo empalagoso pero que me toca en su belleza inmarchitable. Lo del estribillo en japonés en la última merecería un capítulo aparte, soy consciente, pero ni eso consigue que me deje de gustar. Una tara que no encontramos en la inmaculada "Good Old-Fashioned Lover Boy". Pop de vodevil de muchos quilates.


En definitiva, estamos ante un disco escuchable y de calado. Ni me parece una obra maestra ni me molesta que no lo sea. Es uno de mis favoritos de una banda que no sé si amo o detesto. Un punto clave en toda esta contradicción gigantesca que se llamó Queen. Larga vida...

domingo, 29 de mayo de 2016

momentazo #289: puesta de largo



A Night at the Opera (Queen, 1975)

No me gusta Queen. Y sin embargo me encuentro este disco en una cubeta de series medias y lo cojo. Tiene al lado el "Live at Leeds" de los Who y voy y lo cojo. Y no lo cambio. Lo manoseo, le doy la vuelta... Y ¡coño me lo acabo llevando! Trato de justificarme diciéndome que es el mejor disco de estos faraones del rock... Bueno, ¿y qué? ¿Tiene eso algún valor? Pero es que tratar de racionalizar la nostalgia es algo complicado ¿no? Llego a mi casa y me lo pongo, y no, no funciona. Me he vuelto a engañar a mí mismo. Siempre a la caza y captura del sentimiento olvidado hace tiempo. Porque eso es lo que es este disco: el disco más Queen de Queen. El más épico. El más sobreproducido. El más acaramelado y abiertamente gay.

Al día siguiente lo vuelvo a intentar. Ya más calmado empiezo a apreciar ciertos detalles que siempre me gustaron. El aire entre duro y socarrón de "Death on Two Legs", el solo de guitarra tan motero de "I'm In Love With My Car", la dulce melodía de "Lazing on a Sunday Afternoon", el teclado de "You're My Best Friend", los momentos más oscuros de "Prophet's Song" o la letra y la dulzura sin mácula de "Love of My Life". ¡Si hasta me gusta ese arpa! Bueno, parece que la reconciliación llega...


Pues no. Porque a la tercera vuelvo a marearme en las dudas. Y es que el exceso nunca ha sido lo mío. Bueno, al menos no ahora. Y entre tú y yo, siempre he odiado "Bohemian Rhapsody". La he encontrado boba e irritante con ese coro en el medio tan de mal gusto. Así con estas tengo difícil la conclusión, aunque mi madre me ha enseñado a ser generoso y no voy a complicarme la existencia. El error está en buscar un sentimiento que ya voló, porque el disco tampoco ha envejecido bien, esa es la verdad. Y no hay que darle más vueltas. Me quedo con las virtudes y lo gozo en lo que vale, que tampoco es moco de pavo.

sábado, 28 de mayo de 2016

momentazo #288: anarchy in the USA



Gyrate (Pylon, 1980)

Pylon, placer oculto para minorías ilustradas. Adorados por sus paisanos R.E.M., poseedores de un sonido emparentado con el de los B-52's pero bajo en melodía y alto en aridez. Un grupo tan idolatrado como desconocido que pintó de negro el yermo páramo del post-punk en los USA de los últimos 70 y primeros 80.

"Gyrate" es su debut largo y su biblia. Un álbum de filiación claramente británica que suena imposible viniendo del sudeste de Norteamérica. The Fall y Gang of Four parecen haber especiado un disco donde destaca la expresiva y punzante guitarra de Randy Bewley y el tremendo vaciado vocal de Vanessa Ellison del que debió tomar buena nota la buena de Courtney Love. Ingredientes de lujo en un disco de punk directo y sudoroso que fue toda una sensación en la escena local pero que tuvo escasa repercusión en el resto del país.

Parece que el tiempo le debe algo a Pylon y sobre todo es por este álbum básico, crudo, adictivo y de una fuerza animal. Eso a lo que tantos dedican toda una carrera sin llegar a conseguirlo mientras que unos pocos lo alcanzan en cuanto empiezan a caminar. Lástima que no supieran prolongar el efecto y se agotaran en un suspiro. Un suspiro de azufre.

viernes, 27 de mayo de 2016

trick or trick? #66: modestia aparte



Queen (Queen, 1973)

"Queen", la tarjeta de visita de una de las bandas más grandes del rock. Que no se entienda esto como un insulto, aunque podría serlo. El debut del grupo marca a fuego el camino a seguir, si bien deja todavía muchos cabos sueltos.

Sólo destacaría la bonita "Doing All Right" y el esbozo de "Seven Seas of Rhye" en un disco dominado por el glamour grandilocuente, la hipertrofia expresiva y el retruécano sonoro. Que Brian May sea un guitarrista mayúsculo y Freddie Mercury un vocalista sobrenatural no salvan un disco que se empeña en llevarnos en volandas en pos de no se sabe bien qué.

El debut de los británicos tiene su ADN claramente implantado. Todo en él es demasiado grande, demasiado impostado, demasiado todo. Si te gusta lo barroco y lo recargado puede atraerte este álbum. No es mi caso y está claro que no soy imparcial. ¿Quién lo es? No me gusta Queen, lo admito. ¿Cómo podría gustarme con discos como este?

miércoles, 25 de mayo de 2016

momentazo #287: be water, my friend



Be (Common, 2005)

Common manda en "Be" como nunca hasta entonces. Se adueña del calificativo de "Marvin Gaye del hip-hop" y lo hace por derecho. Más allá de la inclusión de unos cuantos samplers del maestro de Washington, Lonnie Rashid Lynn inunda el disco con el espíritu del soulman en su época de esplendor y crítica social. La portada nos lo anuncia con rotundidad. Estamos ante el "What's Going On" (1971) del siglo XXI.

Puede sonar exagerado pero a cinco años vista del fundacional "Like Water for Chocolate" (2000) Common se marca un disco de altura, tan comprometido como el mencionado y ganando enteros en su apuesta por una concreción que le sienta de maravilla a este humanista del rap. Hereda la grandeza de la obra maestra de Gaye por sus nobles aspiraciones, su negritud militante y su crítica explícita. El verbo vertiginoso del de Chicago se amolda casi a la perfección a la seda tersa de unos arreglos que beben directamente del soul y el jazz para construir esto que es pura historia del pueblo negro desde el lado reflexivo. El perfecto contrapunto a la violencia gratuita a la que se suele abonar el género.

"Be" no asedia, no impone, toda una novedad en estos tiempos de cólera. Implora, si bien con orgullo, su lugar en un mundo que no sé si está preparado para él pero que lo necesita como el agua (para chocolate).

viernes, 20 de mayo de 2016

momentazo #286: el fulgor



Plus Ultra (Pumuky, 2011)

Todo en esta fantástica obra de Pumuky suena engolado y excesivo. Por ello me cuesta creer lo dentro que me llega, cuando no soy muy dado al paladeo excesivo de las palabras, ni a los teclados de celofán, ni a las portadas de cuento. Bueno, a eso último sí, seamos sinceros.

"Plus Ultra" es el tercer disco de los canarios. Una demostración de fuerza desde la sutileza más anémica y más encantadora posible. Toda esta carencia acaba triunfando en toda alma cansada del vapuleo diario y de la violencia sónica de siempre. Pumuky pueden sonar más recargados e insoportables que nadie pero, por otro lado, si les quitaras eso se desharían entre tus dedos. Así de frágiles y así de hermosos son.


Aquí hay lo que siempre se les ha dado mejor, un estilo más que certificado en el anterior "El bosque en llamas" (2009), que equidista entre Los Planetas más psicodélicos y el primer Sr. Chinarro, ese que se revolcaba incomprensible en obras como "La primera ópera prima envasada al vacío" (2001). Todo esto no puede sino anunciar melodías perezosas guiadas por el teclado y una voz que alarga las sílabas como si fueran de chicle en busca de la epifanía sentimental. Bastante kitsch y frívolo a priori, lo admito, pero el empaste de todo esto acaba enamorando al corazón más duro del planeta. El cuarteto que abre el disco va a picarte la curiosidad, a la altura de "Pleamar" estarás enganchado y "Causa vs. efecto" hará que no quieras soltarte jamás. Así se las gastan estos románticos en su viaje de fantasía hacia las profundidades del océano. Un viaje bonito, pero bonito de verdad.

jueves, 19 de mayo de 2016

la interzona #72: fiesta pagana



First Utterance (Comus, 1971)

Comus son el epítome del malditismo. Sólo dos discos antes de su disolución (uno más en 2012) y toda una leyenda a sus espaldas. Formados en el condado de Kent por Roger Wooton y Glenn Goring son ese grupo de culto que, sin arrastrar hordas de seguidores, sí que puede decir que cuenta con un pequeño ejército de obsesos de su música y todo el aura que les rodea.

Su nombre ya deja bastante claro a qué juegan. Basado en una obra de John Milton, también puede referirse al dios griego de la alegría y la festividad, asociado al caos y la anarquía. Nada que sorprenda en su festín de psych-folk con volutas de metal acústico. Un estilo en las antípodas de lo cómodo. Un choque perpetuo entre la belleza y el instinto. El "plat du jour" para gourmets de diverso pelaje que habitan el terreno de lo innombrable. David Tibet (Current 93) sería uno de ellos y David Bowie llegó a llevárselos de gira cuando empezaba. Sin duda son motivos para acercar la oreja.

"First Utterance" es su primer disco y el más celebrado. En él juegan a celebrar el paganismo en tonadas histriónicas más viscerales que hermosas. No esperen a un grupo adorable aquí. Comus retuercen la idea del folk de bandas mayores como The Incredible String Band para ofrecer su progenie. Una camada, que como la criatura que ilustra su maravillosa carátula, se retuerce de dolor en un espasmo antinatural y petrificado. Wooton y Goring diseñaron una carpeta doble perfecta para el contenido del álbum. Con ella parecen buscar el impacto frontal, un sobrecogimiento que se refrenda en una música tan brutal como incomprendida. Por mí el primero, lo sé. Demasiado ardor, demasiados elfos, demasiada flauta.

sábado, 14 de mayo de 2016

tótem #88: animal farm


Álbum: Pet Sounds
Artista: The Beach Boys
Año: 1966
Productor: Brian Wilson
Sello: Capitol

Wouldn't It Be Nice 2:22
You Still Believe In Me 2:33
That's Not Me 2:27
Don't Talk (Put Your Head On My Shoulder) 2:52
I'm Waiting For The Day 3:01
Let's Go Away For Awhile 2:18
Sloop John B 2:57
God Only Knows 2:46
I Know There's An Answer 3:10
Here Today 2:38
I Just Wasn't Made For These Times 3:21
Pet Sounds 2:20
Caroline No 2:16


"La Biblia del pop". Así de claro y así de tajante. Eso es este disco para millones de personas. Una obra maestra que para muchos es el mejor disco de la historia. Una obra que empezó con vocación imitadora merced a ese loco fanático de la música que siempre ha sido Brian Wilson, alma, cerebro y corazón de los Beach Boys. Una mímesis que las musas tornaron en obra referencial desde el mismo momento de su publicación.

Brian Wilson parecía tener una idea muy clara. Hacer un disco que pudiera acercarse a la maravilla pop de "Rubber Soul" (The Beatles, 1965). Los británicos habían hecho saltar la banca con un trabajo de estudio que hacía de ese álbum una novedad gigantesca. Wilson había tomado buena nota de las nuevas posibilidades que ofrecía el estudio de grabación y estaba decidido a utilizarlo como un instrumento más. A esto se unía su obsesión con The Ronettes y su "Be My Baby", por lo que contó con la colaboración del batería que tocó en dicho tema, el genial Hal Blaine.

No parece que el resto de los Beach Boys tuvieran claro hacia dónde los llevaba el bueno de Brian. Entre la duda y la incredulidad fueron siguiendo sus instrucciones a pesar de los más que evidentes signos de su enfermedad mental. Una locura bendita, sabemos ahora, que convirtió las sesiones en un infierno. Tampoco contribuyó a aligerarlas el inmenso trabajo de producción que exigía una obra tan detallista y gargantuesca. Todo valió la pena, eso lo tenemos claro hoy. "Pet Sounds" es un disco atemporal, a prueba de erosión. "Wouldn't It Be Nice", "I'm Waiting for the Day" o "Sloop John B" son tres de las mejores canciones de la historia y "God Only Knows" uno de los momentos más hermosos que podremos encontrar en toda nuestra existencia.


Podría estar hablando de este álbum durante horas. No me canso. Podría ponérmelo diez veces al día y no me cansaría de él. "Pet Sounds" es lo más fresco que haya escuchado jamás. Un disco que surgió de una idea modesta, acercarse a otra obra que Wilson adoraba. El resultado, en cambio, fue muy diferente. No sólo superó al ya mencionado "Rubber Soul", sino que Paul McCartney se enamoró de "God Only Knows" y la nombró la mejor canción que había escuchado nunca. Espoleados además por la osadía de los californianos, The Beatles trataron de igualar esta maravilla con la edición meses después de "Revolver", otra joya en la que el estudio jugó un papel fundamental. No creo que consiguieran vencer en la disputa, pero está claro que esta competición posibilitó la creación de algunas de las obras maestras más impresionantes del pop.

De entre todas refulgirá por siempre "Pet Sounds", el admirador que se convirtió en el admirado. Sin él no tendríamos un montón de clásicos que trataron de reflejarse en su potencia sanadora y desprejuiciada. No tendríamos ni el "Loveless" (My Bloody Valentine, 1991) ni el "Merryweather Lost Pavillion" (Animal Collective, 2007), clásicos contemporáneos trabajados a base de orfebrería sonora a imagen y semejanza de la gloria de los Beach Boys. Y por supuesto no debemos olvidar lo más importante, y es que sin este disco el mundo sería un lugar peor. Mucho peor.

Curiosidades

- El disco incluye entre los ruídos que lo vertebran delicatessen como bocinas de bicicleta, ruído de trenes, instrumentos hawaianos, latas de coca-cola o ladridos de perro.

"Pet Sounds was something that was absolutely different. Something I personally felt. That one album that was really more me than Mike Love and the surf records and all that, and 'Kokomo'. That's all their kind of stuff, you know?" (Brian Wilson)


jueves, 12 de mayo de 2016

momentazo #285: me dejo llevar...



Gently Down the Stream (Come, 1998)

Duplican la duración del disco anterior para galvanizar unas micras el acero que arma toda su obra. Zedek y Brokaw comandan la nave con mano firme e ideas claras y entregan su trabajo más ambicioso y torrencial.

"Gently Down the Stream" se abre con la crudeza de "One Piece", una premonición prolongada en los estupendos temas posteriores que anuncia la grandiosidad de "Saints Around My Neck" (¿su mejor canción?). Ocho minutos y medio de montaña rusa que ejemplifican el poder de una banda con estilo y furia no siempre contenida. Este sería el corazón y las tripas del álbum. Un disco que crece con las escuchas y que suena medido, contundente, sólido pero que también se permite el lujo de presentarse deshilachado por momentos como en la cruda "Jam Blues", un momentazo semiinstrumental, prolegómeno de la emotividad eléctrica de "New Coat" y del cierre en la cumbre que es "March", la hermana de "Saints...".


El cuarto disco de Come sería el último, el que acabó con ellos. Tendrían sus motivos para no estirar el chicle, aunque este testamento habla con claridad del magnífico momento de forma del grupo. Los trabajos posteriores de la Zedek en solitario no harían más que refrendar esta idea. Aún siendo otra cosa, careciendo de la mordiente de su colaboración con Brokaw, son una prueba clara del talento que siempre ha derrochado la de Washington. Aquí nos la encontramos en su salsa, eléctrica, hirviendo, acosada por sus demonios, esos que han propiciado estas cuatro páginas más que notables en la historia del rock. Y es que no siempre un grupo se va dejando tanta hambre, tantas ganas de más.

domingo, 8 de mayo de 2016

momentazo #284: tras la cosecha



Time Fades Away (Neil Young, 1973)

"Time Fades Away" representa la incomprensible visión de un genio. En primer lugar es un disco en directo compuesto por material inédito hasta entonces, algo muy poco común. Por otra parte Young reniega de él hasta el punto de no haberlo editado jamás en CD. Todo esto no hace más que alimentar la leyenda de un material poderoso como el que más en el catálogo del canadiense. Puede que Young tenga demasiado en mente el caos que envolvió a la gira de 62 conciertos de la que se extrajo el grueso del disco. Muertes por drogas, torrentes de tequila y actitud vergonzosa por parte de algunos de sus Stray Gators y de él mismo. Ingredientes todos que adornan la vida al límite en la carretera, la mitología del rock, pero que a Young parecen haberle nublado el seso al no ver que esta obra merece otro trato.

Buena parte de lo que maravilla de este primer directo de Young está en sus errores. Está claro que viniendo de un artista de la integridad y la autenticidad del canadiense el disco no podía contener retoques. Efectivamente se trata de una grabación directa desde la mesa de sonido. El público se oye más bien de fondo, la voz de Neil se rompe con esa fragilidad que siempre la ha hecho tan expresiva, y para colmo hay críticos que han calificado estos conciertos como aquellos en los que peor ha tocado la guitarra. No sólo nada de esto parece importar al oyente, sino que más bien da al disco una atmósfera especial que lo sitúa entre las grandes obras del cantautor. El disco transmite verdad tanto en los momentos de pausa y nudo en la garganta como en cabalgadas eléctricas del calibre de "Time Fades Away" o "Last Dance". Estas junto a "Journey Through the Past" y una "Love in Mind" grabada en 1971 constituyen la cumbre de un disco genial que merecería mejor trato y difusión aún a riesgo de dañar su aura.

sábado, 7 de mayo de 2016

momentazo #283: robar novios, matar padres



Goo (Sonic Youth, 1990)

"Goo" es la prueba definitiva del mayestático estado de forma del combo neoyorquino entre mediados de los ochenta y los primeros noventa. En su séptimo disco de estudio articulan de una manera más visible si cabe la relación entre el rock más o menos claro y el ruído más inclasificable. Y viniendo justo después del maravilloso y torrencial "Daydream Nation" hacen que parezca que su caudal creativo fuera inagotable.

"Goo" es más directo y concreto que el anterior, para empezar, por no ser doble. Sigue contando con ese turnismo en el micro que los ha hecho únicos y sigue sonando doloroso y eufórico a partes iguales. Atrevimientos casi mainstream como incluir a Chuck D (Public Enemy) rapeando en la muy grande "Kool Thing" conviven sin chirriar con la metralla noise de siempre ("Mote"). Esto es lo que convertiría a Sonic Youth en la banda más adictiva e irreductible de su generación. Experimentos interminables, incansables pero sin renunciar a la forma. Así consiguen que todo este caos tenga sentido.

"Goo" (pringue, porquería) empieza perezoso y claro y se va emborronando en su parte final. Es como si una de tantas canciones del grupo se desarrollara a lo largo de todo un disco. Con sus partes de euforia eléctrica y de oscuridad abisal. Es punzante, arisco y casi siempre evocador. Todo esto y más es "Goo", mucho más que una simple bisagra entre "Daydream Nation" (1988) y "Dirty" (1992). Mucho más que un simple disco de rock ruidoso. La pureza envenenada del "torbellino, el calor y el resplandor".