sábado, 6 de agosto de 2016

momentazo #306: la fortaleza de hielo



Kid A (Radiohead, 2000)

Resultado de imagen de kid a"OK Computer" marcó una época. Fue el culmen de Radiohead en el pop/rock más o menos canónico por mucho que se empeñen en recordarnos que fue muy diferente a lo que habían hecho hasta entonces. Y es que al lado de su siguiente movimiento conservaba muchos puntos en común todavía con su obra primeriza.

Por todo esto "Kid A" aumenta su valor y se convierte en el disco que encumbró definitivamente a los de Oxford. Hasta este momento podíamos creer que eran innovadores, que rompían con el pasado y que tenían una personalidad única. "Kid A" dinamitó todas estas ideas de un plumazo y nos dejó con cara de tontos porque demostró ser su obra más original, rupturista e iconoclasta. Hasta entonces y desde entonces. Todavía no han podido igualar el riesgo y el alcance de este disco.

No quiero decir con esto que sea mejor que el anterior, eso era imposible. Por eso es tan loable que tomaran el camino correcto y pasaran de fusilar el estilo de su gran éxtio. Una actitud que, todo sea dicho, nunca han tenido a lo largo de una carrera todo lo discutible que se quiera pero siempre a la búsqueda de la reinvención. Y de eso "Kid A" sabe más que ninguno.

Todavía recuerdo la descolocación que sentí al escuchar el disco por primera vez. Radiohead hasta entonces había sido un grupo de pop/rock con gusto y guitarras. Todo esto acababa aquí, o al menos quedaba mucho más diluido. Se habían acabado las canciones pop al uso, los sintetizadores y demás aparatejos electrónicos habían engullido a nuestras adoradas guitarras distorsionadas, o al menos habían restado su importancia ocultos en una alianza que me chocaba y me repelía. Al menos en las primeras escuchas. No tardé mucho en apreciar que aquí había algo especial, aunque sí tardé bastante más en darme cuenta de la auténtica estatura de un disco estratosférico.


En "Kid A" todo suena roto, astillado, pero sólido y brutal a la vez. Desde los trinos posmodernos de "Everything in its Right Place", hasta el free jazz de "National Anthem", todo está dotado de sentido y encanto. A pesar de que a ratos no entendamos nada, el disco acaba metiéndose en tu piel y en tu alma. Si en "OK Computer" trataban de perseguir el fantasma de Miles Davis sin conseguirlo, aquí encierran gloriosamente la furia bendita de Albert Ayler en una prisión electrónica último modelo. No se me ocurre mayor elogio.

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