domingo, 16 de octubre de 2016

momentazo #330: los hechiceros del funk



Blood Sugar Sex Magik (Red Hot Chili Peppers, 1991)

Resultado de imagen de red hot chili peppers blood sugarEste sería el pelotazo definitivo de los Peppers. Con una nueva formación bien rodada ya desde el álbum anterior, se entregan a las delicias de ese rock funkoide que siempre les alimentó, aunque ahora en un esfuerzo pletórico de ambición en el que aparecen decididos a conquistar el mundo. Llámenlo giro comercial, llámenlo apertura total. En cualquier caso, por una vez, el éxito de público se da la mano con el arte en uno de los momentos más memorables del rock de los 90.

El disco salió en 1991, en pleno apogeo de la invasión alternativa que comandara Nirvana con su "Nevermind", en plena vorágine grunge, con el "Ten" de Pearl Jam y los discos más emblemáticos de Mudhoney o Soundgarden en el candelero. El quinto disco de los Chili Peppers se benefició indudablemente de todo este ambiente. A pesar de que ellos apostaban por una música alejada de las torturas emocionales de estos coetáneos y miraban al punk y al metal desde un ángulo mucho más negroide, el público rockero más abierto supo entender la autenticidad que emanaba de este disco. Donde los grupos mencionados decían Black Sabbath, los angelinos respondían Jimi Hendrix. Donde los otros lucían influencias de Neil Young, a los Peppers se les llenaba la boca con Sly Stone.

Y todo esto, que sin duda influyó en el éxito del disco, no fue lo único que lo encumbró. Sería injusto no mencionar la corpulencia rítmica que consiguieron con la aportación de Chad Smith a las baquetas y la elasticidad que ganó Flea con su bajo demoníaco gracias al aire que le dejaba un guitarrista como John Frusciante que, aquí sí, se demuestra grandioso. Si en el disco anterior no tuvo la libertad que necesitaba, aquí por fin impone su ley y derrama influencias frescas como Jimi Hendrix (siempre estuvo ahí, pero ahora nos lo muestra desde otro ángulo), Led Zeppelin ("Breaking the Girl" es prueba más que suficiente) y por supuesto el blues y la sutileza que se le escapa en solos y arreglos de excepción. Hasta Anthony Kiedis brilla especialmente en el disco y se permitía recrearse en baladas íntimas inimaginables unos meses antes ("Under the Bridge", "I Could Have Lied"). Culpa en grandísima medida a la inclusión de un Frusciante que, ahora sí, se podía llamar miembro de pleno derecho. Si se echó alguna vez de menos el talento asesino de Slovak, sobre todo por su rítmica agresiva, esa nostalgia queda aquí fulminada de un plumazo. Los Peppers se volvieron más accesibles aquí y si perdieron filo, esta pérdida se equilibró por la profundidad que ganaron.

El resultado de este ambiente novedoso fue un disco doble, excesivo y desbordante de ideas. Su mejor obra, tan imperfecta como todas, pero más rotunda en lo melódico que al fin y al cabo es lo más memorable de una canción, por encima del ritmo o la letra. Aquí encajaron las piezas como nunca, lo que no significa que no sobre nada. Sí, se podría haber adelgazado el mastodonte y la recta final se hace algo indigesta. ¿Y en qué fiesta no sobran unos cuantos kilos de carne? Whisky sobra menos, ¿verdad? Se nos va la mano.

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