jueves, 9 de marzo de 2017

momentazo #374: "I believe in God, and I certainly believe in the devil. There’s certainly a devil, and he knows my name.”



Songs of Pain (Daniel Johnston, 1981)
POP
ALTERNATIVO - pop dislocado

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El primer Daniel Johnston. Pocas cosas pueden tener tal poder de repulsión y atracción al mismo tiempo. Aquí tenemos el estreno de un artista esquivo, epidérmico, un loco visionario en toda la extensión del término. Loco por encima de todo. Loco maravilloso y doliente, torturado por los demonios de la genialidad y la enfermedad.


El primer impulso es rechazar esto. Una cassette mal grabada en la que un tío se desgañita mientras aporrea un piano desafinado no es lo más tentador del mundo, lo sé. O eso creía, porque una cosa es describirlo y otra muy distinta someterse a su escucha. Daniel Johnston se graba porque lo necesita. Necesita expresarse a toda costa, como una cuestión de vida o muerte. Y ese sentimiento de angustia, de urgencia está impreso en esta cinta, junto con el ruído de fondo, los errores por doquier, los gallos de una garganta expresiva por encima de cualquier virtuosismo. Y junto a esas historias maravillosas que nos hacen volver a la adolescencia, a rememorar el miedo, el deseo y la maravilla de lo cotidiano, algo que para Daniel parece a la vez terrorífico y sanador.


Este cantautor tan atípico, tan entrañable y tan agudo triunfa sin salirse de su zona de confort. Sus obsesiones son las que siempre han espoleado su creatividad. The Beatles, Casper el fantasma amistoso y la esquizofrenia son elementos indisociables de su obra. También su voz, un chillido agudo que te engancha con toda su preciosa imperfección, y ese piano que lo mismo te recuerda a tu sobrina aporreándolo que a la atmósfera abstracta de John Cage.


Lo artesanal en la obra primigenia de Johnston tiene su importancia y su significado. No es un mero ornamento o capricho. No es una actitud vital. No, Daniel siempre quiso ser escuchado y su insistencia le llevó a grabar estas cassettes sin aparente dirección ni sentido. Él se empeñó en darlas a conocer y, aunque le llevó su tiempo, al final hubo alguien que vio que aquí había algo. Por supuesto que hay cosas difíciles de justificar. El sonido es tan malo que hiere, las incursiones de su madre parecen innecesarias y superfluas, además de alimentar un caos que no escasea precisamente, pero al final tienen su gracia con su insistencia obsesiva en lo inútil del proyecto artístico de Daniel. Un proyecto difícil de comprender si atendemos a sus primeros pasos, pero que en ningún caso se puede calificar como inútil. Eso se percibe desde la primera escucha y muy a pesar de que el disco se haga largo, que se hace.

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