jueves, 29 de junio de 2017

momentazo #402: óyeme el corazón



Armarios y camas (La Dama Se Esconde, 1986)
POP
NEW WAVE - pop melancólico
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La memoria es tan borrosa... Duele comprobar cómo una y otra vez repudiamos aquello que nos hizo tan felices. Esas sensaciones eran auténticas, eran intensas. Pero ya no nos vale aquel grupo, aquella canción, aquel teclado. Y de repente un día llega la reconciliación y todo se arregla. O casi. Tampoco es un borrón y cuenta nueva incondicional. En absoluto. Pero al menos le hacemos un hueco entre nuestros discos y volvemos a acomodarlo en ese rincón polvoriento de nuestro corazón. Ese nicho que nada ha ocupado en todos estos años. Ha estado tan vacío que casi me da rabia que me siga tocando muy dentro la cura sencilla de "Amenazas", el final de "Mi cometa", la estupenda "Un error de apreciación", la delicada "La noria", el beso de The Cure, la voz expresionista y dramática de Nacho Goberna (como un Antonio Luque engalanado). Las letras me dejan el delicioso sabor agridulce de lo naïf, lo dulce, lo críptico, pero también de lo poético, lo sencillo, lo cotidiano. Heridas profundas y sabores extraños.


Por supuesto hay cosas que no me llegan y tienen que ver con el amaneramiento de formas y contenidos, con una cierta falta de contundencia en los planteamientos. No acaba de ser pop oscuro ni luminoso, aunque esto no es algo malo. En esa indefinición encuentro solaz y misterio, ¡vive Dios! Llamadme "contradicción".

Las letras me dejan el delicioso sabor agridulce de lo naïf, lo dulce, lo críptico, pero también de lo poético, lo sencillo, lo cotidiano. Heridas profundas y sabores extraños

"La dama", así a secas. Un grupo básico para completar el cuadro de la música española entre los 80 y los 90. Un disco que solo podrá llenar al que lo viviera en su momento. O quizá me equivoque y solo haga falta poner la oreja con atención. Y el corazoncito.

momentazo #401: cayendo del cielo



Skeleton Tree (Nick Cave & the Bad Seeds, 2016)
ROCK
AMBIENT / AUTOR - elegía / exorcismo

Resultado de imagen de nick cave skeletonCuídense de los discos paridos con dolor. Aléjense de los que nacen motivados por la pena. Suelen ser constructos ombliguistas, impostados, que no interesan a nadie más que a su autor. Suelen, pero a veces no.


"Skeleton Tree", vaya título, poco para la imaginación. La negrura y lo raquítico que sucede a la pérdida. Motivaciones demasiado oscuras sobre las que basar cualquier obra. Nick Cave dice que lo necesitaba. Que el dolor tras perder a su hijo adolescente había que purgarlo de alguna forma. Puede que haya quien no se lo crea. El exhibicionismo del australiano es tan conocido como su falta de mesura. Y me temo que todos esos que no lo creen acabarán reconociendo la verdad: "Skeleton Tree" es un lamento doliente, pero también una de las mejores obras de Nick Cave con los Bad Seeds. Posiblemente la mejor desde "Let Love In" (1994). Ahí es nada.

Un disco que se construye sobre bases atmosféricas, que somete el riff y la melodía al drone y el canto al recitado. Lo inmediato no es el objetivo de este exorcismo

Después de tantos discos parece difícil dar un giro de tuerca a un sonido más que asentado como el que tiene Mr. Cave en cualquiera de sus encarnaciones. Y el haber podido superar ese obstáculo es uno de los mayores triunfos del disco. Un disco que se construye sobre bases atmosféricas, que somete el riff y la melodía al drone y el canto al recitado. Lo inmediato no es el objetivo de este exorcismo. La seriedad del asunto requería de un Cave que suena poderoso pero terriblemente frágil, algo a lo que no nos tenía acostumbrados. Un Cave que paladea, susurra y casi llora las letras como en esa "Girl in Amber" o en ese "Magneto" donde parece querer sonar como el Van Morrison de "Ballerina" (Astral Weeks (1969)). El Nick Cave más de verdad que he oído en décadas.


El decimosexto disco con los Bad Seeds es por tanto un triunfazo. Esta afirmación puede sonar banal cuando es un disco que retrata un dolor tan crudo y tan palpitante, pero es que es así. Hay discos que se basan en historias reales, hay otros que son puro periodismo y habría un tercer tipo en el que metería a este: obras que se refugian en el realismo mágico para tratar de darle la vuelta al tiempo. Ese saber que ningún dolor importa, que el mundo sigue girando y que nunca podrás ser el mismo es desolador. Tratar de combatir esa sensación es legítimo, aunque seamos sinceros, no hay medicina que cure eso. Ni siquiera algo tan sensible y bello como esto.

martes, 27 de junio de 2017

momentazo #400: todo el poder del metal corriendo por mis venas



The Number of the Beast (Iron Maiden, 1982)
ROCK
METAL - heavy metal
 
Resultado de imagen de iron maiden number of the beastEsta es la biblia del cuero y de todo lo que significa el compromiso con un tipo de música que es un auténtico estilo de vida. El tercer disco de Iron Maiden sintetiza todo lo que un heavy de pro entiende y ama. No son simplemente sus riffs de vértigo, ni esas voces chillonas casi imposibles, ni siquiera el corazón ardiente de unas baladas capaces de ponerte del revés (en todos los sentidos). Todo esto es fundamental pero no lo único para entender este movimiento. No podemos olvidarnos de la parafernalia tan infernal como infantil, los cuernos en el puño en alto, las progresiones wagnerianas, y en definitiva toda una colección de tics ya institucionalizados que hacen al metal lo que es, para bien o para mal.


Y de todo lo dicho anteriormente este disco puede ser el arquetipo, una de las obras más queridas por los aficionados a Iron Maiden, al metal y al rock. Un álbum que juega a atraparte desde la misma portada, un cuadro de un expresionismo increíble que muestra a su mascota, ese fundamental Eddie the Head que estuvo con ellos desde el mismo comienzo y seguirá hasta el final, ya sea en las portadas de sus discos o en sus conciertos con esa figura articulada gigante que hace las delicias de la muchachada.


"The Number of the Beast" es una andanada sentimental, un reducto valioso en medio de un páramo desolador

El primer disco con Bruce Dickinson también fue el último en el que participó el batería Clive Burr. Al segundo no sé si alguien lo echó de menos, sustituido por el buenazo de Nicko McBrain, pero la incorporación del primero al micrófono fue esencial para fijar para siempre el sonido del grupo después de pruebas con otros vocalistas voluntariosos y con calidad pero a los que siempre parecía faltarles algo. Con Dickinson el grupo alcanzó otro nivel, eso nadie lo pone en duda. Por su presencia escénica y por su amplio rango vocal que haría las delicias de todo aficionado a todo lo agudo que tiene el heavy.


En resumen, estamos ante un gran disco, un disco de esos que hay que conocer, aunque sólo sea por entender mejor la historia de la música. Es uno de esos trabajos totémicos que se convierten en epítome de un sonido. Un sonido con muchos peros si atendemos a su sutileza y profundidad, las cuales brillan más bien por su ausencia en este género. Sí, esas baladas pueden ser muchas cosas menos sutiles. "The Number of the Beast" es una andanada sentimental, un reducto valioso en medio de un páramo desolador. Las voces y las melodías son pura potencia sinfónica, el bajo galopa como un purasangre y las guitarras son precisas y siempre están en su sitio. Demasiado bonito, demasiado limpito, cierto, pero con una dosis de potencia más que suficiente para someterse a su poder.